Los malvados votantes de la bondad

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El pasado enero hablaba de la maldad y la bondad en el sentido de su practicidad y terminaba afirmando: “Conocemos de sobra la bondad de lo malvado, pero nada sabemos de lo malo de ser buenos”. Recuerdo que una perspicaz lectora me pidió que profundizara en la idea, le respondí que creo que poco o nada sabemos de la maldad de ser buenos. En un principio, lo sé, puede parecer asequible al entendimiento y obrar en nuestra memoria y experiencia miles de casos que serían capaces de responder a ese enigma. Y así sería si fuese tan sencillo de resolver como ejemplarizar con casos en los que las bondades nos acarrean maldades. Pero no eso a lo que me refería, ni fue eso lo que me llevó a expresarlo. Cuando lo hice deseaba indagar no en el hecho en sí, es decir, causa y efecto, sino en los rudimentos psíquicos que determinan la acción. La bondad de ser malo es ser; la maldad de la bondad es no ser. Porque se es cuando tus actos vienen a reafirmar y colmar tus deseos, instintos y petulancias intelectuales o sociales, pero no cuando las has de domar para un fin que nada tiene que ver con ellos y lo haces además para los demás, en ese caso, qué fuerza obra en ti que se puede explicar por el mero procedimiento del premio y castigo. Este domingo miles de hombres han a ido a las urnas a indagar en esa maldad para una bondad, la de salvarnos del totalitarismo nacionalista. Han dejado de ser para que seamos, ¿cabe mayor maldad?

Los malvados votantes de la bondad