El talento, de rebajas

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La devaluación del talento va a ser una de las consecuencias de la pandemia. El talento, el mérito, el esfuerzo personal y el sudor de la frente del estudiante están de rebajas. Valores resentidos tras el acuerdo de la primavera pasada entre el Ministerio de Educación y doce consejeros autonómicos. Ante las dificultades generadas por el confinamiento (enseñar a distancia), decidieron suavizar las exigencias para pasar de curso.

Si a eso unimos la tendencia europea a evitar las repeticiones de curso, por “caras” e “ineficaces”, ya tenemos sembrado el terreno para seguir haciéndonos trampas en el solitario respecto a la formación de capital humano. Como si anduviéramos sobrados de esa palanca imprescindible en la España encogida por la mayor pérdida de riqueza registrada desde la guerra civil.

Aquel encierro duró tres meses. Tres meses decisivos en el tramo final del curso, sobre todo en enseñanzas medias y superiores. El resultado de aquella decisión política pactada entre el Gobierno y las Comunidades Autónomas es que el curso 2019-2020 se cerró con el mayor porcentaje de aprobados que se recuerda. Nunca tantos alumnos de secundaria habían pasado de curso como se comprobó al comienzo del vigente 2020-2021.

El mal de fondo también afecta a la enseñanza universitaria. Los exámenes online han tenido el perverso efecto colateral de igualar a malos y buenos alumnos. O incluso el de que los malos rebasen a los buenos en el ranking de las calificaciones.

En este caso la decisión política no deriva de ningún pacto. Se basa en la decisión unilateral de Manuel Castells, claramente contestada por rectores y profesores, que no aceptan los motivos de salud pública esgrimidos por el ministro de Universidades si, como debe de ser, se toman las consabidas medidas higiénicas y de distanciamiento en un aula espaciosa de alumnos silenciosos y con mascarilla obligatoria.

El resultado de los exámenes no presenciales (los del último cuatrimestre terminaron la semana pasada) se ha revelado fraudulento en general. Pero, eso sí, los alumnos le han hecho la ola al ministro. Sobre todo, como queda dicho, los adictos a la ley del mínimo esfuerzo, cuyo expediente se ha revalorizado, gracias a sus habilidades informáticas.

Todos contentos. El político obtiene un rédito electoral y el alumno un rédito curricular. En el medio, como eslabón débil, queda el profesorado, que al fin y al cabo es el encargado de gestionar una farsa decidida desde arriba con inconfesables ventajas para los de abajo.

No me extraña que entre los profesores se instale el cabreo y la desmotivación. Conocen el secreto del milagro que convierte al mal alumno en una inesperada lumbrera. Y lo sufren en su conciencia educadora. 

El talento, de rebajas