Una amistad que se mide por kilómetros

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Un día como hoy es de los pocos que se salvan del calendario en los que la pandilla se reúne. Y ni siquiera, porque Miguel tomó las uvas ayer desde Londres y Javier recibió el 2016 en Panamá, seis horas más tarde que sus amigos. Sin embargo, la distancia no es una barrera insalvable porque hoy en día el whatsapp les lleva a dedicarse misivas a todas horas, a poner el país del derecho con sus reflexiones y comentar el último gol de Lucas de un hemisferio a otro. Ocurre que el día en que por fin se ven las caras recuerdan las anécdotas de siempre porque esas historias ganan con los años y ese punto del pasado a donde les llevan, les hace sentarse de nuevo en sus pupitres de Compañía de María, cuando seguramente a ninguno se le pasaba por la cabeza terminar trabajando en otro país. 
Sin embargo, seis viven en la actualidad lejos de Riazor hablando un idioma distinto al suyo y sumando puntos a un vitae que en A Coruña no daba engordado. Ellos son un ejemplo del movimiento migratorio que se produce en una ciudad que vio cómo en once meses, desde enero a noviembre de 2015, veía marchar a 910 vecinos mayores de edad, una media de más de 100 personas por mes, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). En su caso, todos tienen pensado volver, pero todos coinciden también en señalar que no es el momento y que toca afilar sus aptitudes para, quién sabe, poder pintar un futuro al lado del mar que les vio jugar al fútbol en el mismo patio del colegio.
La mayoría llevan tiempo fuera. Javier Torres es el que está más lejos. Lo ven en alguna boda, normalmente en verano. Ni siquiera regresa en Navidad como el de El Almendro, pero “son muchos los días que pienso en volver a mi tierra con mi gente y mi familia. Con mis costumbres”. Hace siete años que puso un pie en México donde aterrizó empujado por la inquietud de conocer otras culturas y su especialidad en comercio internacional. No se fue por necesidad, apunta, así es que su periplo se alimenta con las ganas de crecer profesionalmente y como persona para “adquirir experiencia en los mercados americanos y ayudar a empresas españolas, sobre todo, de alimentación a exportar y vender su producto en América”. 
Javier saltó de México, donde vivió dos años, a Estados Unidos, en el que estuvo otros  cuatro y hace uno que se busca las castañas en Panamá. Consciente de que el regreso le supondría un empeoramiento laboral, disfruta lo máximo que puede de una etapa que se podría acabar en el momento en que una empresa le ofreciera una oportunidad acorde con su perfil en España. 
Dentro de un mes, Dani será el segundo del grupo que cogerá los bártulos y se irá a Sudamérica, en concreto, a Chile. Sus pretensiones no son otras que tratar de trabajar siendo geólogo, que fue la razón que le hizo atravesar Pedrafita hace ya doce años para estudiar en Madrid: “Allí el 70% de los geólogos tienen un sueldo a fin de mes”, así que tras comprobar las escasas salidas que hay en el país de su carrera, su esperanza pasa por ponerse un casco y estudiar la erosión del suelo chileno. Se da un plazo de seis meses para hacerlo. De primeras, un amigo le dará techo en su casa. 

europa
Desde el viejo continente, Miguel cuelga una foto en Facebook desde Londres deseando un buen año. Decidió pasar las navidades en la ciudad del Támesis con su mujer y aunque echan de menos estar aquí, hace poco que se han mudado desde Edimburgo y están contentos con las perspectivas laborales. La pareja lleva más de tres años en UK. Su primer destino fue Manchester, donde vieron opciones guiados por el instinto que les sopló que era el momento de marchar. Las había y de ahí subieron a Edimburgo, desde la que planearon su boda a la vez que cogieron más experiencia. Hoy están contentos en Londres y no quieren regresar.
A Inglaterra también se fue en 2013 Gabi, un tiempo que le sirvió para mejorar su inglés y aprender una nueva forma de trabajar más productiva y de la que ha cogido apuntes. Los nueve meses que pasó en Londres le valen de mucho en la actualidad porque su trabajo de ingeniero le obliga a coger vuelos casi todas las semanas y explicar sus proyectos en el idioma anglosajón. 
Posiblemente en alguna ruta aérea se cruzará con Carlos, que se fue hace dos años a Berlín, donde previamente se instaló su pareja. Con el tiempo, su alemán ha mejorado hasta el punto de que chapurrea vocablos técnicos en un puesto como arquitecto de interiores, que le lleva a recorrer el país con la sensación de haber cumplido su objetivo.
En España, Mario acaba de ser papá a 1.000 kilómetros de la fuente de Cuatro Caminos. Está contento porque se da la casualidad de que su mujer también ejerce de lo que estudió, Turismo, y aunque la última vez que se juntaron para contarlo fue en septiembre de 2012 cuando él mismo pronunció el “sí quiero”, la amistad no se pierde, incluso se refuerza al darse cuenta de que los kilómetros no son capaces de romper lo que un día unió un colegio de monjas. 
Es más, no pasa un día en el que el teléfono móvil advierta de que un nuevo mensaje con destinatario común llega al buzón de entrada. n
 

Una amistad que se mide por kilómetros