“Retrato un mundo podrido por dentro”

La autora le da voz a distintos prototipos de actores para hablar de los códigos impuestos javier alborés
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Marta Sanz participó ayer en “Libros en directo” con Pedro Ramos en el centro Ágora para pasear sus títulos y retroalimentarse con los que los leen. Cuenta la autora que no es la primera vez que salen personajes de estos encuentros en un ejercicio básico para los de su especie, a los que califica de mirones y espeleólogos al mismo tiempo. Una mezcla de ambas cosas es también lo que resulta ser “Farándula” (Anagrama), donde lo que hay dentro de cada una de sus voces no se puede separar del contexto y el mundo teatral le sirve para describir lo que hay fuera de las bambalinas: “Retrato un mundo brillante por fuera, pero que está podrido por dentro”. 
Por eso, cuando le daba forma, Marta no dejaba de pensar en los luminosos de Times Square, en Nueva York, y lo que había debajo de los neones. 
La escritora confiesa que quería hablar de la cultura. Eligió el teatro por eso de que llega a más gente “y es más icónico”. Capaz de arrastrar amores y odios, encontró sobre las tablas todos los prototipos necesarios para peinar a una sociedad donde convive “gente con un gran poder adquisitivo, a veces inmoral, con otra en una situación muy precaria”, algo que no deja de ser parte de los efectos del capitalismo, instalado en los cerebros de tal forma que “uno necesita parar y empezar a ver lo que antes no veía”. 
De este modo, arranca la novela, “con un personaje que se clava un tacón en un respiradero de la Puerta del Sol”. Por inercias de la vida, “es imposible pensar y hacer visibles los elementos de la ideología invisible”. Precisamente esos códigos impuestos que son transparentes fueron los que le interesaron a Marta, que cuenta cómo desde ese respiradero, “el personaje comenzó a percibir luces y los olores de los restaurantes”. En “Farándula” dio cobijo a muchos focos narrativos y tipologías distintas de actores, desde los ultra privilegiados a “una jovencita que se gana la vida poniendo copas hasta que un día le llega su momento de éxito o la que ya no tiene donde caerse muerta que es la única que tiene como referente a María Asquerino”. El resto se puede acercar a “cosas que podrían ser”, pero son pura ficción, asegura la que se identificó con Valeria Falcón, porque “tiene una visión del mundo pesimista y piedad al no querer arrebatar la felicidad a los demás”. 
A su vez, Lorenzo Lucas le permitió poner en el pote a la experiencia ya que el intérprete pasa por distintas etapas para llegar a la conclusión de que “su oficio es un oficio y como tal tiene que estar remunerado”. Con él, quiso romper con ese prejuicio social de “que el arte tiene que ser gratis como si los escritores o músicos fueran unos privilegiados que pudieran vivir del aire”. 
En su particular “gran teatro del mundo”, Marta Sanz cocinó menos al engaño y la apariencia que a las contradicciones. Para ello, usó los modos estilísticos del esperpento de Valle-Inclán. 
Agrió la risa y sintió el mismo escalofrío que espera sienta el lector porque, lejos de colocarse en un peldaño superior como algunos creen que se sitúan los escritores que hacen uso de la ironía, sus reflexiones no cayeron en saco roto y a pesar de que algunas veces, siente que no tiene derecho a robarle la felicidad a los que se adaptan al medio con la condición de hacerse las menos preguntas posibles, por otra parte, su otra yo le dice que sí, que escribir es el deber “de intervenir en la realidad para cambiar las cosas que uno cree que están mal”.

“Retrato un mundo podrido por dentro”