Las nuevas generaciones de la historieta

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El salón del cómic Viñetas desde o Atlántico junta este año a tres representantes de la nueva historieta española con estilos completamente distintos porque si Alfonso Zapico se inspira en capítulos de la historia para hacerlos comestibles, Ana Oncina lleva su vida al papel en forma de croqueta y empanadilla. Su obra recubre así el vacío de años cuando los personajes dejaron de tener poso. Sus dos elementos tienen ya una identidad en el panorama comiquero. Por su parte, el gallego Martín Romero es vanguardia y uno de los mejores talentos del país. 
En el mismo perímetro, hablan y se dan la mano para abordar la situación actual donde cada uno es de su padre y de su madre y el tebeo es el único elemento en común a todos. En esa diversidad, Zapico centra el éxito y confiesa sentir envidia por el movimiento que existe en Galicia donde se teje la Banda Deseñada y “los autores se mueven de forma colectiva”. 
Romero destaca la fiebre fanzine, que lejos del concepto clásico, despuntó con ediciones “más cuidadas y material casi de profesionales”. Coincidió en Angouleme, en un edificio “vivero”, capaz de albergar hasta 30 talleres. Hasta entonces, Zapico desconocía que en Francia se cociera algo así. Romero apunta que en ese sentido, Viñetas funciona parecido al país vecino porque el festival “es abierto y está integrado en la ciudad”. Recuerda que forma parte de las fiestas y eso hace que genere un tráfico, el de los interesados en el cómic y los que no y que se acercan. Ana Oncina habla del momento en que “vas por la ciudad y te encuentras un Spiderman” y que a España le falta dar ese saltito. 
Del fenómeno de “Croqueta y Empanadilla”, su autora reconoce que no tenía pensado publicarla, pero que fue su círculo más próximo el que la presionó para que lo hiciera: “Sorprendentemente interesó”. Y es que de una gracia de pareja en la que Ana y su novio pasaban por ser una croqueta y una empanadilla paseando por las calles de Berlín, se pasó a volcar su realidad más próxima en un periplo que parece que no tiene fin. 
Al principio, cuenta Oncina: “Fue todo muy autobiográfico”. A partir del segundo álbum, la dibujante pensó en temas que quería tocar para rebozarlos en aceite con la magia de sus personajes. Tan fiel es en ocasiones a su relación, que confiesa que su pareja le dice que se corte. 
Sin embargo, esa sinceridad llega. Y de ahí el aplauso de los lectores, que saltan a una forma de hacer totalmente diferente con Zapico en “Café Budapest” o “Dublinés” a una Oncina, que asegura leer obras gráficas que nada tienen que ver con lo que ella hace, pero “de todo te nutres” y al final encuentros como el de Viñetas son puro aprendizaje. Romero dice que “siempre puedes encontrar otros enfoques” en lo ajeno, formas de afrontar las historias que hoy son infinitas. Y en eso, es donde está la riqueza del género.

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