Tres meses en los que enseñó a firmar para que los reclusos sellaran su libertad

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Fue  una de las que leyó en la casa museo Casares Quiroga dentro del ciclo “Habitar a palabra”, organizado por la Asociación pola Recuperación da Memoria Histórica en colaboración con el Ayuntamiento. En él, los que sufrieron condena en la cárcel provincial recordaron en alto lo vivido a través de la correspondencia conservada. La suya era una carta de su padre, el aviador republicano Luis Díaz, que estuvo tras la guerra en un campo de concentración en Francia; más tarde, al no cometer delitos de sangre, se fue a Valladolid y acabó en Santiago. 


Celsa Díaz es de las pocas que viven que estuvieron reclusas durante el franquismo en la prisión que mira de frente a la Torre, en su caso “por hacer manifestaciones ilegales por la Selectividad”. Fue en dos ocasiones, en 1973 e 1974, tres meses en total y una multa de 200.000 pesetas, más otras seis veces más en comisaría, “pasando 72 horas en los calabozos” de la avenida do Porto, donde hoy renueva el carné de identidad. Esas, cuenta, fueron las peores. 


De lo que pasó en prisión, no tiene la sensación de que fuese trágico y es ahora cuando es consciente de lo vivido. Antes no: “Era lo que tenía que hacer y lo asumí”. Tenía solo 16 años y era miembro de las Juventudes Comunistas, “hubo varios factores y se fijaron en mí”. También el pasado de su padre tuvo que ver. Compartió celda con “gente que practicaba abortos, con sus pacientes y con otros presos políticos”. 


El tiempo que estuvo, Celsa se dedicó a enseñar a escribir a muchos que no sabían ni firmar, algo indispensable para conseguir la libertad. Y estudiaba. La cárcel le paralizó en su afán por aprender y cuando salió tuvo que esperar a que llegase la amnistía  para acabar el COU con más de 20 años. Hasta los 30 no obtuvo el título de Graduado Social así que no le quedó más remedio que trabajar. Se pasó siete años despachando platos preparados en César Blanco, que, por entonces, estaba en la plaza de Pontevedra, para llegar a casa e hincar el codo por las noches.

En la actualidad, tiene 62 años y sigue igual de activa: “Muchas veces quiero y no puedo”. Y es que a veces la enfermedad que padece no le deja moverse. Intenta aprovechar las mañanas para repartir toda su energía en el Comité Antisida que preside: “La heroína fue un arma de destrucción masiva. Se llevó por delante a gente muy valiosa”. Maldice cuando las manifestaciones son por la tarde porque pierde movilidad y se ve muy limitada para aguantar. Aún así, no no se pierde una. Tiene técnicas: “En la de la mujer lo que hice fue ir hasta la salida y estuve sentada media hora hasta que empezó. Después cogí un bus y llegué al final”. Ese día estaba emocionada de ver a tantas jóvenes. A su edad, ella no podía y por eso, “no debemos olvidarnos ni permitir que vuelva a ocurrir una situación igual”. Celsa no se dio cuenta de lo que pasó hasta que visitó la vieja cárcel con sus hijos: “Ellos están muy orgullosos de mí”. De todos los de su pandilla, la eligieron a ella: “Tuve mala suerte”, pero a cambio recibió el título de Republicana de Honor este año y un bonito texto escrito por su compañero de pupitre, el escritor Manuel Rivas.

Tres meses en los que enseñó a firmar para que los reclusos sellaran su libertad