Reportaje | Igual de vertical e inquebrantable como cuando era el indio de La Marina

El indio pasó estos días por el quirófano | pedro puig
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Es difícil que este indio de brazos cruzados pasara indiferente para los que pasaron sus primeras primaveras de vida tocando casi el mar, paseando de la mano de sus padres por La Marina. 
Verlo era siempre una sorpresa, primero porque sus 2,20 metros de altura para los que no superaban el primero era algo así como conocer a un gigante de madera y otra porque su expresión mitad enigmática mitad tristona conmovía a pequeños y grandes. Prueba de eso es que aunque el indio de La Marina desapareció hace años de la vista de los coruñeses, el artista Fernando Pereira fue en su busca. 
Supo quién lo tenía porque cuando el local Saloon cerró sus puertas, esas de madera que se quedaban temblando un rato como cuando las golpeaba John Wayne en las películas, los dueños que también llevaban otros bares como Los Porches y una discoteca, pusieron todo el mobiliario a la venta en la calle. A excepción del indio, que fue cosa de un coruñés, el gran escultor Carlos Figueiras, el resto fue encargado a un diseñador londinense llamado Andy Thornton. 
Cuenta Pereira que fue a casa del propietario y le hizo una oferta irrechazable, pero al coruñés le pudo más lo que le dictaba el corazón que la cabeza y no la aceptó. 
Al cabo de un tiempo, sin embargo, fue él quien llamó a Fernando y le preguntó si seguía interesado en el indio. Cómo no iba a estarlo. Desde entonces, es un elemento fijo del paisaje donde Pereira pinta mujeres, algunas para Joaquín Sabina. 
Saluda al visitante en su posición hierática y dice el creador que no hay quien entre en el estudio que no se haga un selfi con él. 

Fallecimiento
Este año, además, se da la circunstancia de que Carlos Figueiras falleció, un hombre que nació con martillo y cincel en ristre y que dejó para disfrute de sus vecinos tallas religiosas como la réplica del San Andrés de la Colegiata, el cruceiro del cementerio de Feáns; el relieve en piedra de la entrada del edificio de la Consellería de Hacienda, en la plaza de Pontevedra, o la recreación de las Bárbaras que se puede ver en calle de Tinajas. Figueiras le dio forma al indio en su taller del Barrio de las Flores. De ahí, se mudó al centro para ser un símbolo. Un trozo de infancia enfundado en traje de ante.

Restauración
La escultura que permanece en la retina de todos pasó estos días por el quirófano. Lo sometieron a una operación estética porque aunque su cuerpo está intacto, es de castaño macizo, la peana sobre la que se sostiene estaba apolillada y ponía en peligro la verticalidad de un indio que como personaje mediático, va adosada a leyendas urbanas. 
Una de ellas, coloca a Coto Matamoros de fiesta frente a él. Dicen que se lo llevó y lo tiró a la Dársena y que el norteamericano con una gran capacidad para sobrevivir a las tragedias, apareció en Bastiagueiro flotando. Sin embargo, el copropietario del negocio, Miguel San Claudio, asegura cuando se lo comentan que el indio no se movió ni un ápice de su sitio. 
Desde allí controló durante años a la ciudad que lo adoró. Posó con los niños, aguantó sus manoseos y ahora ya de jubilado está apartado del mundanal ruído y pasa los días mirando cómo Pereira hace de la vida, arte, a golpe de pincel. 
Cuenta Fernando que cuando finalmente se hizo con el trofeo y llamó a una empresa de mudanzas, el transportista lo miró, le miró, lo volvió a mirar y le preguntó: “Pero este non é o indio da Marina”. ¿Quién va a ser si no? l

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