Reportaje | Fotografiar para conocer o conocer para fotografiar, la ecuación de Iturbide

el ideal gallego-2018-10-24-036-a1e78b1b
|

Así, la mirada pasa de una época a otra y en todas hay detrás una forma de hacer donde lo vivido se mezcla con lo imaginado y el resultado es poesía en impactos. 


Irubide comenzó a caminar en los años 60, tras ingresar en el Centro de Estudios Cinematográficos de México, donde conoció a Manuel Álvarez Bravo, el gran referente de la fotografía de su país. En su ensalada caben los hechos históricos, sociales y culturales con las tradiciones ancestrales como base del cuento, a las que respeta y ayuda para que subsistan. La interacción entre naturaleza y cultura, la importancia del rito en la gestualidad cotidiana o la dimensión simbólica de paisajes y objetos encontrados al azar son otros elementos que la caracterizan y por, eso la muestra es un paseo entre imágenes, tiempos y símbolos. 

Suyo es un ensayo sobre los pájaros que lleva años fotografiando y todo lo que recorrió con su máquina al hombro porque de México pasó a España, Estados Unidos, India, Italia y Madagascar, en esa intención de fotografiar para conocer, según sus mismas palabras. De los indios del desierto de Sonora, que fue un encargo del Instituto Nacional Indigenista en 1979, Graciela Iturbide supo crear una reflexión acerca de la escisión que se produce al vivir entre dos sistemas de referencias culturales casi antagónicos. De ahí que la actitud de Iturbide sea rompedora respecto a los esquemas establecidos a la hora de retratarlos.

El trabajo realizado en Juchitán le valió la consagración a nivel internacional, donde dio cuenta de su experiencia con las gentes y, sobre todo, con las mujeres que eran fuertes, independientes y politizadas, según la propia creadora. Y lejos de la idealización o de la anécdota, la artista le dio rienda suelta al sentido del humor para adentrarse en la complejidad de un orden sociocultural distinto.

Y aunque su descubrimiento del México rural fue clave en los comienzos, cuentan desde la Barrié que Iturbide buscó la identidad más allá de las fronteras. De su territorio, plasmó la vida cotidiana y las atmósferas carnavalescas de las fiestas populares, en las que confluyen los ritos católicos y las tradiciones indígenas. Aquí está la ironía con la que el imaginario mexicano representa la muerte y el surrealismo. 

“En el Nombre del Padre”, de 1992, fue un proyecto sobre el sacrificio de centenares de cabras que se celebra cada año en las montañas mixtecas de Oaxaca; y de la violencia, mientras que en Jardines, los coruñeses se adentrarán en el Jardín Botánico de Oaxaca. Y aquí precisamente está la matriz de su carrera, en esa interrelación entre naturaleza y cultura, la de un espacio domesticado y vulnerable a la vez; un jardín cuyas especies autóctonas ya no pueden sobrevivir si no es por las atenciones que reciben.

De la misma forma, en fotos de paisajes y objetos, la figura humana aparece esporádicamente o es un rastro. Son un total de 156 instantáneas, entre las que se cuela “El Baño de Frida”, una serie de 2006 para la casa-museo de la pintora, en Coyoacán, cerrado desde su muerte. En ellas, Iturbide se aproxima a este icono desde su lugar y en un diálogo con la artista, reinterpreta sus objetos y enseres.

Por su parte, “Paisajes y objetos” son elementos encontrados al azar, envueltos de misterio en un acercamiento íntimo de Graciela con lo que le rodea, salpimentado por el surrealismo. Desde la Barrié explican que con lo mismo rebozó las últimas de México y Estados Unidos, y la exposición acaba con autorretratos. Los disparó de 1979 a 2006. Con los indios seris, donde es un miembro más, indaga sobre su yo más profundo. Eso le dará la capacidad de inmortalizar el alma, sus obsesiones y el subconsciente.

Reportaje | Fotografiar para conocer o conocer para fotografiar, la ecuación de Iturbide