Reportaje | La vida mide veinte millas en el Mediterráneo central

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Cumplía el perfil como patrón de barco así que se apuntó en las listas de “brazos solidarios” de la ONG Proactiva Open Arms sin dudarlo y en unos meses surcó el Mediterráneo central para darle asistencia a los que salían de Libia en lancha neumática y el engaño como única referencia espacial: “Les dicen que vayan a la luz, que es como decirles que vayan a morir porque el destino, que son los puertos petrolíferos, están a 20 millas”. 
Cuenta Román Paz que muchos mueren antes por inhalación de gases o sufren quemaduras por el combustible: “En Libia no tienen Gobierno; son milicias”. De ahí, que los grupos mafiosos campen a sus anchas: “No sé quién les paga, pero tienen dinero” y están auspiciados en parte por Europa, que cambia oro negro por desentenderse del tema. 
Ellos creen salir del infierno porque si se quedan allí, “los tienen en una especie de campos de refugiados, hacinados, y los venden como esclavos” 
El voluntario explica que “a las mujeres las violan, muchas veces delante de marido e hijos, y a las que no acceden, las utilizan”. Porque tienen que llenar cupos, “a otros los tiran a las pateras”. 
Román estuvo solo dos semanas en la zona donde trabaja la organización, que primero operó en Lesbos. La primera la dedicó a poner a punto la embarcación y en solo siete días los 18 que viajaron a bordo, 14 de ellos voluntarios, rescataron a 494, por un lado, y otras tres personas más, por otro, que estaban a 100 millas de la costa. En todo momento, cuenta el patrón, fueron guiados por el Centro de Coordinación de Salvamento de Roma. 
Además, en los cayucos intervenidos había ocho muertos por culpa de los gases, “de los que se ocupó Médicos sin Fronteras”. Y aunque la primera sensación fue de vacío, Román ya está preparado para volver en calidad de patrón, pero, sobre todo, de voluntario, porque lo que pasa en ese trozo de costa apenas se difunde: “En los periódicos casi no salen noticias porque no interesa. Toda la culpa la tiene Occidente”. 
Así que “en cuanto tenga otros 15 días vuelvo”. Y es que aunque la impotencia es mucha, le puede la satisfacción de salvar vidas y eso es lo que le lleva a darle un clic y esperar la llamada de la ONG, que advierte que ahora las rutas son mucho más largas y peligrosas. En cada patera parten entre 150 y 300 personas, con combustible para 20 kilómetros cuando en realidad, son 20 millas las que separan la vida de la muerte. l

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