“Yo soy el primer cómodo, pero parece que nos alimentamos de información por sonda”

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Desde que Julio Salvatierra, el guionista de “Los esclavos de mis esclavos”, contó lo que quería hacer sobre el escenario, el director y actor Álvaro Lavín se quedó prendado: “Para mi supone una responsabilidad mayor que en otros espectáculos” porque es algo que se necesita contar, explica la batuta de la pieza que se podrá degustar el viernes, a las 20.30 horas, en el teatro Colón. En el patio de butacas, Lavín percibe mucho interés por conocer la realidad del otro lado del planeta, en concreto, de Afganistán, que es donde se sitúa la cueva en la que tres cooperantes internacionales viven esposados por la milicia talibán: “Las cosas no son como estamos acostumbrados a verlas” y la puesta en escena se mete en el bolsillo del pantalón hasta que “el espectador llega a casa y sigue pensando. Las ideas fijas se tambalean” porque el intérprete se pregunta “¿Qué pasaría si vinieran ellos a nuestro entorno a hacer lo que entienden como lo mejor para nosotros?”. 
Sin embargo, la postura de Occidente es cómoda y añade que no está en su intención utilizar tópicos: “Yo soy el primer cómodo, pero parece que nos alimentamos de información por una sonda”. En la historia se buscan otras fuentes sin apología de nada, para que cada uno continúe su viaje y tome medidas para no ser engañado o desinformado. Para llamar a otras puertas y reunir otros pareceres. A nivel teatro, Lavín señala que es muy interesante porque los tres protagonistas se ponen en una situación límite y “hacen uso del sentido del humor para sobrevivir”. 
Se enfrentan a la mujer que cada día les baja por el agujero algo de comida y esto da pie a un debate transversal donde ellas, las de una punta y otra del mapa, se ponen en dos vértices opuestos. El director señala que en esa tesitura de ofrecer una ayuda casi impuesta, “sin preguntarles por su educación y lo que necesitan, sin hacer caso de sus costumbres”, “Los esclavos de mis esclavos” va avanzando entre penumbras. 
Para darle forma, Lavín contó con Luis Perdiguero en iluminación, que le dio el ambiente necesario y si como director apenas tocó nada sobre el texto y el enfoque porque poco había que tocar, sí se fue hasta los detalles para hacer del escenario un lugar de sombras y una luz con la intención de transmitir la sensación del preso cuando entra claridad “por el agujero de arriba”. 
La música fue cosa de Alberto Granados, que se empapó de ritmos afganos y recreó “el ambiente sonoro de la cueva”. En cuanto a la interpretación, el elenco afiló las miradas “para meternos en la piel de la gente”. 
Por otra parte, lo audiovisual “no solo acompaña escenográficamente, sino que también lleva de esos países y esas ciudades”. Y el resultado se salpimenta con la emoción que toca al espectador al compartir una vivencia “triste e insoportable en esa cueva perdida en las montañas” para pasar afuera y ver “que cuando bajan a la ciudad es otro mundo”. 
Lavín afirma que no es necesario irse hasta Afganistán: “En Madrid cuando voy con mis hijos seguro que paso por sótanos donde 40 chinos tejen pantalones”. El caso es no torcer la cabeza y la obra ayuda, en ese sentido, a hacer un poco de autocrítica. De esta forma, el cuento se engrandece con anécdotas como cuando Acnur plantó una tienda de campaña igual que en la que duermen miles de refugiados o los momentos “tertulia”, que siguieron al aplauso: “Es un placer que el teatro sirva para esto”.

“Yo soy el primer cómodo, pero parece que nos alimentamos de información por sonda”