Carlos Montero tiñe de ironía las salas de Durán Loriga

El autor introduce la crítica social y la picaresca en el pincel susy suárez
|

Carlos Montero mete en la paleta a la ironía y la crítica social y de sus dibujos y sus óleos salen composiciones con toque ácido que montan a personas de la Tercera Edad en tiovivos o retratan el mundo de las apariencias como uno donde el público le hace más caso a los binoculares de la reina que al concierto al que asiste.
Las dos plantas de la sala de Durán Loriga se cubren hasta el 12 de enero con la personalidad de un pincel, que es lápiz a la vez, para ofrecer sus últimas creaciones. De esta forma, está la serie “La Coruña mágica”, que trazó para una colección que regalaba la Diputación y de la que se pueden ver los originales.
En ellos, Montero pinta la ciudad. Retrata sus edificios emblemáticos sin olvidarse de los personajes que la poblaron. Es por eso que el espíritu de John Moore respira por los jardines de San Carlos y el dios Momo baila en el Obelisco con todos los amantes del Entroido.
Por su parte, las galerías son para el creador como retinas que guardan todo lo que han visto y lo escupen como si sus cristales hablaran de historia. En una recreación ficticia, la Torre es una especie de bloque salvador con un Ayuntamiento tomado por una orquesta. Además, el creador versiona el Pórtico de la Gloria. En su composición, dios es un juez y los músicos son el jurado. En un proyecto que el lucense inició para la galería Atlántica y que no terminó. Junto al estudio, otra pieza despide humo negro. Se trata del accidente del petrolero “Mar Egeo” cuando la ciudad durmió entre llamas y de las que Montero hace salir a un ejército de saltimbanquis. De esta forma, el visitante se puede llevar una interpretación de A Coruña distinta para bajar los peldaños hasta una planta baja ocupada por nueve óleos.
Allí, el pintor ofrece una mirada picaresca sobre todo lo que está pasando. Sube en una atracción a los jubilados, que es el único viaje que pueden realizar porque sus nietos e hijos se lo han succionado todo. Para Montero, el mensaje crítico es fundamental, porque “¿si no para qué haces pintura?”, dice, y en su teatro la gente se va del auditorio porque una bailarina soporta el peso de un bailarín. No acepta el cambio de rol.
En el universo del creador, un cuadro de médicos trabaja cómodamente en quirófano. La familia del operado viene de la playa tranquila aunque la patrona trae un rosario en la mano además del bañador. Carlos cruza el charco y plasma el antiguo Metro de Buenos Aires y se va al Vaticano con una pareja de cardenales. Su pintura es playa y también un bar de la esquina y la gente abandona la casa da cultura Salvador de Madariaga con la sensación de ver una exposición no al uso: “Yo quiero que los visitantes se vayan contentos”. Algo que refuerza con mucho color y expresión. De ahí que le digan que sus personajes miran a los ojos.
Después de pasear sus obras por Sargadelos, Arte-Imagen o Atlántica y de participar en la Bienal de Pontevedra o el salón nacional de París, el artista combina dibujo y pintura.
Con toda una vida manejando el lápiz y los rotuladores por su profesión, el arquitecto dice que el óleo le permite crear un festival de tonalidades que el dibujo no. Limita su expresión cromática y de ahí, que ya no entienda su carrera sin el pincel. Lo acompaña desde que un día probó a rellenar un lienzo en blanco en 2008. Su estilo, señala, tiene más profundidad que el resto, que es un efecto secundario del que maneja planos de ciudades.

Carlos Montero tiñe de ironía las salas de Durán Loriga