D10s en la tierra

Cuando muy pocos los esperaban, Rafa Nadal firmó la mejor actuación de su carrera en el Grand Slam parisino, que cerró con una tremenda exhibición y sin haber cedido un solo set | TATYANA ZENKOVICH
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No cabía mejor rúbrica para un torneo impecable. Ni en su sueño más positivo podía imaginar Rafa Nadal que la conquista de su décima Copa de los Mosqueteros llegase de la mano de su mejor tenis en los tres últimos años. Una exhibición histórica (6-2, 6-3 y 6-1) para abrir una puerta a la que nadie siquiera se había acercado antes: dobles dígitos en títulos de un mismo torneo del Grand Slam.
El zurdo de Manacor, que con este éxito asciende al Nº2 mundial, jugó la final como un Nº1. Después de un inicio tibio por parte de ambos, con una cuenta de errores no forzados impropia de tanto talento, Rafa rompió amarras en el sexto juego, donde quebró por primera vez el servicio a Stan Wawrinka, algo que le había resistido en el cuarto, donde el decacampeón desperdició cuatro bolas de rotura.

Coser y cantar
A partir de ahí, coser y cantar. El viento que mecía las banderas de la pista central pasó a vendaval cuando Nadal se soltó el pelo. Wawrinka fue mermando casi con cada punto, hasta terminar convertido en una marioneta.
Rafa sacó bastante bien, y muy bien con el segundo servicio, uno de sus talones de Aquiles históricos. Una muestra más de su reinvención, la del gigante al que las lesiones lo tumban siete veces y él se levanta ocho (o las que haga falta). También tuvo un rendimiento casi óptimo en la red y en el aprovechamiento de las bolas de break.
Pero, sobre todo, fue el Nadal capaz de abrir ángulos imposibles, de atacar con dureza cuando es atacado, de poner la bola en el rectángulo incluso cuando parece materialmente imposible, de cambiar de ubicación y velocidad la bola cuando menos se espera. Una máquina perfecta. 
Liquidó la primera manga con cuatro juegos consecutivos y al servicio, y reventó el de Wawrinka en el inaugural de la segunda. Y no paró ahí. Cuando dejó de anotarse juegos compulsivamente, la cuenta ascendía a siete en cadena, para colocarse con 3-0. 
A partir de ahí, mantuvo su saque, quebró de nuevo en el octavo y enfiló el tercer set con la sensación de que la historia estaba ya escrita. 

El martirio final
Una percepción que certificó el primer juego, donde Stan ‘The Man’ –que había ganado sus tres finales ‘grandes– cedió de nuevo su saque. Cabeza baja, e intentar soportar de la mejor manera posible lo que se le venía encima. 
Nadal, lejos de confiarse o relajarse, continuó martirizando al suizo, moviéndole de lado a lado de la pista, obligándole de doblar el espinazo, a inclinarse definitivamente ante D10s en la tierra, Nuestro Señor de la Arcilla.
El tradicional revolcón rojo, acompañado esta vez de unas lágrimas inéditas –cuánto sufrimiento, cuánta superación– abrieron de par en par el Arco del Triunfo y auparon al zurdo de Manacor en solitario al Nº2 del ránking de títulos de Grand Slam, al deshacer el empate a 14 que mantenía con el estadounidense Pete Sampras. El suizo Roger Federer está ahora a tiro de tres. 
Y, además, cediendo solamente 33 juegos –ningún set– en todo el torneo, tan solo uno más que el récord que estableció el sueco Bjorn Borg en la edición de 1978. Y ello cuando muchos daban a Rafael Nadal Parera por acabado para las empresas más grandes, incluso para las medianas. Leyenda se queda corto. l

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