“En en libro hay reafirmaciones sobre la libertad y la ética”

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El coruñés Madín Rodríguez acaba de publicar “La fuente de las aguas” (Nuevos Escritores), donde recoge parte de las inquietudes que tenía cuando era joven y tocó París con las manos. En sus poemas, está la sensación que vivió al pasar de un país mermado por la dictadura a otro donde sus monedas rezaban “libertad, igualdad y fraternidad”. 
Corría el año 1971 y el nieto de Antonio Viñes, creador del Circo de Artesanos, llegaba a la capital francesa con una cartera de tela colgada a la altura del pecho y las ganas de comerse el mundo. Así es que de allí, cruzó el charco hasta Perú. Pasó por Roma y Limoges y cuenta que en todos estos sitios buscó los centros gallegos para encontrarse con otros paisanos y volver en la imaginación a su aldea de Parga: “Allí pasé los veranos hasta los 15 años, paseaba con las vacas y montaba en jaca”. 
Explica el escritor que no conoció otro escenario mejor para las relaciones humanas que aquel al que acudía, plagado de fuentes que hoy titulan su libro, un volumen que llega al mercado a destiempo con el propósito de que sus composiciones puedan ser leídas en las bibliotecas de la ciudad. Ante esas fuentes, el joven Madín recitaba a Bécquer y Espronceda. 
Con los años, volcaría su impronta sobre papeles y recibiría las clases magistrales de un amigo como Mario Merlino. La publicación aliña texto e ilustraciones. Son de Juan Carlos Eguillor, otra amistad que ya no está. 
Y con esa intención de alimentar las estanterías con lo que escupió a sus veintitantos años, el autor tiene pensado editar una segunda entrega titulada “La compulsión”, que escribió en 1973 y que trata sobre la liberalización de los iconos del fascismo. Madín lo presentó al premio Planeta y Seix Barral le abrió las puertas. Sin embargo, la censura hizo que el volumen quedara en lista de espera. 
No cambió ni una palabra de lo escrito entonces porque “son reafirmaciones de joven sobre la libertad y la ética moral, de lo que somos carentes, visto todo desde la estética y la belleza”. Señala que su positivismo contagia y que ahora ve las cosas desde otra perspectiva. 
En su viaje de doce horas en tren hacia París, Madín hizo fermentar las ideas que salen a la luz como un canto a la vida, un juego inocente y una forma, dice, de iluminar la noche. La experiencia de lo vivido es la disculpa. De América del Norte y del Sur, de Europa y también de África central a la pequeña aldea donde fue tan feliz. La primera parte es también un homenaje a su madre, a la que define como una auténtica utopía.

“En en libro hay reafirmaciones sobre la libertad y la ética”