El camposanto más sagrado para los coruñeses m

Imagen del entierro de un piloto del ejército alemán en el cementerio de San Amaro en 1944
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El cementerio de San Amaro es un lugar sacro para todos los ciudadanos de A Coruña. En él se encuentran enterrados numerosos personajes populares y figuras que en otro tempo tuvieron que ver con desarrollo de la propia ciudad.
Por ello fue declarado cementerio general en 1812, ya que hasta ese año los muertos eran enterrados en los atrios de las iglesias y de los conventos de la misma ciudad en cuyo lugar reposaban. Así se venía haciendo desde los inicios de la historia, pero al progresar la ciudad y al ser ésta más numerosa en cuanto a población, se hizo preciso ocupar un lugar apropiado para este fin y a su vez apartado de las murallas defensivas, por prevención sanitaria y la posible propagación de enfermedades ó epidemias.
Los cementerios que había entonces en A Coruña, eran como más destacables el de San Jorge, donde hoy se halla el Teatro Rosalía de Castro, entonces era una de las más numerosas parroquias de la ciudad; luego estaba el de San Nicolás, y por último los de las parroquias de Santiago y de Santa María del Campo, en la Ciudad Alta.

traslado
Cuando se toma esta decisión se trasladan todos los restos al nuevo cementerio de San Amaro, pero, seguro que alguno de los restos, habrían de quedar en sus antiguos emplazamientos, y de algún modo irán saliendo a luz a medida que se vayan haciendo obras o restauraciones en aquellos lugares de antaño, como descanso eterno. Otros muchos lugares de enterramiento desaparecen de la ciudad.
De este modo tenemos que aparte de las nombradas como parroquias más populosas de la ciudad antigua, nos encontramos con conventos de Santo Domingo, San Francisco, Santa Bárbara y el de Nuestra Señora de las Maravillas.
Luego estarían las desaparecidas capilla del Buen Suceso, la ermita de Nuestra Señora de Atocha, ermita de San Roque y San Sebastián, así como la capilla de Santa Lucía, la cual en el siglo XIV, alojaba una leprosería, y se encontraba en el alto del mismo barrio, por donde hoy pasa la carretera general que va a Madrid, y también el antiguo hospital de los Mareantes, en la calle de San Andrés, hoy conocida como la capilla Castrense.
Todos estos templos dejarían de acoger a los fallecidos a partir de 1812, para ser enterrados en el Campo Santo de San Amaro, desde el mencionado año.

poblaciones
Ya en el siglo XVIII, las principales ciudades de España comienzan a levantar sus cementerios fuera de las poblaciones. La orden librada por Carlos III, en el año de 1781, obligaba a construir aquellos espacios reservados a los muertos lejos de las ciudades y prohíbe su entierro dentro de las iglesias y atrios.
Por ello el cementerio de San Amaro comienza a levantarse en 1812, siendo su arquitecto Fernando Rodríguez y Romay, quien traza un cuadrado, y organiza su interior en cuatro secciones dispuestos en cruz; siendo uno por cada parroquia que entonces tenía la ciudad. El acceso se hará mediante una portada de estilo dórico que da frente al camino de San Amaro.
Su primera ampliación se hace en 1833, tomando en consideración que se levante un sobrio templo funerario adosado al propio cementerio, justo en el lugar donde se encontraba la puerta de entrada al camposanto, la cual se desplaza un poco más adelante abriendo la misma en el muro que cerraba aquel cementerio, por la cual se accede ahora a su interior bajando una escalinata de piedra.
Dicha capilla fue diseñada por Alejo Andrade Yáñez, pudiendo considerarse como una joya arquitectónica de los cementerios capilla de Galicia. Viene a ser una copia del diseñado por Juan Vilanova en 1804, que proyectó para el cementerio del Norte de Madrid, que nunca se levantó.
Presenta la capilla una planta central en cruz griega que está coronada por una cúpula rebajada y franqueada en el exterior por dos pequeñas torres, sin ningún cuerpo que sobresalga sobre su conjunto, siendo el mismo de tipo toscano y de una estilizada belleza, el mismo acabó de construirse en el año 1854, en su interior reposan figuras ilustres de A Coruña, tanto de nacimiento como de adopción.
Es como hacer una visita en el tiempo, contemplando muchos de sus panteones donde reposan los restos de tantos ciudadanos que lucharon en vida por las mejoras de la ciudad en términos generales y también en alguno de sus nichos, como el 159 del cuarto departamento, donde descansan las hermanas de Eusebio da Guarda González, Luisa y Rosa.

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