El crimen pasional de un delincuente de otro pelaje

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Según Xoel Ben, lo que pasó durante la madrugada de ayer en la tienda de su mujer es casi una historia de amor, una especie de flechazo que acabó en unos cristales rotos y una fuga en mitad de la noche. Según la Policía Nacional, que tiene un carácter mucho más prosaico, no es más que un robo con fuerza y el supuesto amante, un sospechoso más. Pero el marido de la propietaria de la tienda de Vintage & Coffee insiste: “Era un abrigo tan precioso que el que lo vio, se enamoró y decidió que tenía que llevárselo”.
Sea el amor o el simple afán de lucro, es que su tienda de San Nicolás amaneció ayer con una de las vitrinas rotas y un maniquí despojado del abrigo de visón que lucía. Según Ben, se trataba de una pieza difícil de encontrar, de los años 70, que habían encontrado a través de una distribuidora alemana y que habían enviado a la costurera para que le hiciera unas mejoras que habían elevado su precio hasta 500 euros. 
“Hoy en día no se puede encontrar una pieza así en las tiendas porque no las fabrican, por eso es una pieza vintage”, explica el marido de la propietaria. En su establecimiento solo venden artículos de los setenta, los ochenta y, debido al inexorable paso del tiempo, de los 90 hasta mediados de esta década. Porque, como el propio Ben, recuerda, la única condición indispensable para ser considerado vintage es haber sido fabricado hace más de 20 años. 

A pedradas 
No está muy claro cuándo tuvo lugar el robo. Ben calcula que en algún momento pasadas las doce y media de la noche del mates al miércoles, puesto que a esa hora cierra el local de enfrente y el personal no vio nada. “A las seis viene la quiosquera, y tampoco observó nada raro”, explica. Fue un cliente el que comentó el estado del escaparate, pero los únicos testigos del robo en sí fueron los otros tres maniquíes que se encontraban allí, y que no sufrieron daños: “Solo se llevó el abrigo, a pesar de que había un kimono también muy bonito”. En el interior del local descubrieron dos grandes piedras, de unos dos kilos cada una, con las que reventó los vidrios.
Son esas rocas las que convencen a Ben de que el robo fue un acto premeditado: “No se pueden encontrar en una obra, son como las que se colocan en los muros de las fincas”. Al romper el cristal, saltaron las alarmas y los volumétricos que protegían el establecimiento y que comenzaron a sacar instantáneas del local en el momento del robo. 
La Policía llegó enseguida, pero para entonces el ladrón ya se había esfumado con su botín, que es tan característico que será muy difícil de vender, según reconoce el propio Ben, lo que según él, avala su tesis del móvil del enamoramiento. “La gente a la que le gusta la moda, entiende lo que quiero decir”, asegura.
Desde luego, prefiere pensar así que en su destino probable: “Que alguien lo robara a cambio de 20 euros para pagarse un chute”. En el fondo, el robo que acaban de sufrir le duele y le entristece, pero no quiere lamentarse por lo ocurrido ni tampoco ponerse a pedir “un policía en cada plaza”. 
Él, por su parte, está muy contento de la ubicación de la tienda porque “es un lugar muy bonito y que está empezando a tener actividad y vida de nuevo”, aunque reconoce que le falta un poco de cariño que, para cuidar de las cosas, es mucho menos destructivo que la pasión.

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