La ciudad que permanece

Vista del transporte de equipamientos para el sector eólico en el puerto de Curuxeiras de Ferrol | aec
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Cada vez, cada año, resulta más difícil hablar de Ferrol. No porque no haya motivos para hacerlo sino porque estos, al menos en los últimos años, son los mismos. Tal vez tenga algo que ver el hecho de que esta es una urbe de fin de trayecto, como las estaciones de ferrocarril que son término y que, al margen de sus andenes, no conducen a ninguna parte.
Pesa más esta circunstancia que cualquier otra. Ah, el ferrocarril; ese que nos separa de la ciudad más próxima el mismo tiempo, si no más, que hace cuarenta años, o que aleja, por la falta de servicios y los continuos problemas en la línea –averías, falta de personal, escaso mantenimiento...–, la costa norte. Como si aquí, en una ciudad que con el paso de los años y la ausencia de voluntades –sobre todo de entendimiento–, los pocos avances no tuviesen cabida y los que de verdad cuentan nunca se les esperase. De ciudad pequeña a pueblo grande, languidecen las calles, demasiadas en mal estado, aunque las malas hierbas oculten su visión.
Mientras tanto, Ferrol permanece. Es un estigma. Como el de no hallar nunca una fórmula que permita dar continuidad a un gobierno, sea el que sea, pero una gobernanza que permita dar continuidad a lo iniciado, aunque no sea del gusto de todos. El estigma significa desandar lo andado, tirar con lo levantado, olvidar lo hecho, despreciar lo ajeno, sepultar posibilidades...
No falta quien piense que, para que progrese, para que avance, de Ferrol hay que hablar en positivo. Se obvia sin embargo la crítica, que se entiende como la intención de denostar lo que somos. Y lo que perdura es esa especie de clasismo que aísla y distancia esas mismas voluntades, como si las que no son propias careciesen de valor o de la simple necesidad de apoyar aquello que podría ser bueno por el simple e inútil hecho de que representa al antagonista. Una cruel y sencilla realidad esta última que abotarga el futuro o, en cualquier caso, que lo ralentiza. 
Ahí está todavía la necesaria depresión de la avenida de As Pías, todavía una de las principales vías de acceso a la ciudad. Separadora –distanciadora– de barrios a la espera, más de una década después, de que sea realidad, tal y como se prometió. Es solo un ejemplo de que, aquí, todo tarda en llegar. O la solución definitiva para barrios históricos como el de Recimil, Esteiro Viejo, Ferrol Vello, O Bertón... Paro.
La desconexión no es patrimonio ajeno al exterior. Está también la interior. No se entiende que el progreso o, simple y llanamente, la idea de permanecer, que aquí se ha convertido en subsistir, exige comprensión. Por el contrario, lejos de practicarla, la cuestión política intensifica esa distancia. Quien gobierna, como es el caso ahora de Ferrol en Común, lo hace con el alquitrán como único elemento constructivo pese a su escasa consistencia. 
Así que entre emplear más o menos grava, mayor o menor cimentación, surgen nuevas propuestas con diferentes nombres aunque con la misma esencia. Y hasta los jubilados crean su propio partido. Votos no les faltarían en esta ciudad vieja y cansada, más proclive al desencanto que a la ilusión.
Nuestras razones tenemos. Si no, ¿a cuenta de qué esta actitud, esta forma de ver los hechos, incluso los que nunca se producen, hundidos como están en el personalismo, en la amalgama de criterios y opiniones que hacen de cada vecino un experto político, un consumado periodista o un avezado especialista en casi cualquier materia de la que se trate? Habría que empezar por pensar que ni tan siquiera esto último nos es propio. Que hay ciudad, pueblo o villa que no peque de lo mismo. Salvo que en otras se tiene la sensación de que las cosas cambian. Tal vez de que las calles se reparan –y bien–, de que los barrios se regeneran, de que la laboriosa industria privada no tiene por qué ser despreciada, de que la pública no es la única solución –o solo parte de ella–; o de que lo que se promete puede realmente hacerse.
No hay mejor forma de describir Ferrol que realizando una lectura a las hemerotecas y ver que las cuestiones que nos preocupan son las mismas que lo hacían hace ya veinte, treinta, cuarenta años. Mientras tanto, la ciudad permanece. Ajena, en muchas ocasiones, a sí misma. Carente ante sus carencias. Pero hay que hablar de Ferrol en positivo. Pese a todo. Pese a todos. l

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