Treinta años de la propuesta interactiva

El palacete se reformó en un principio para albergar el Centro Galego de Arte Contemporánea
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Cuando Ramón Núñez le propuso a Francisco Vázquez levantar un museo de ciencia interactivo  en el antiguo palacete de Santa Margarita, el por entonces recién estrenado alcalde le preguntó: “¿Qué es eso?”. Treinta años después de esa conversación, la Casa de las Ciencias es solo el principio de una larga historia que se completó con una segunda morada para el hombre y una tercera para los peces.
Su primer director recuerda con nostalgia cómo le explicó a su camarada que la idea sería hacer que la ciencia fuera un desmontable, donde el visitante fuera algo más que un observador y los módulos tuvieran una función didáctica pero divertida. Algo parecido a lo que la Caixa ofrecía en su museo de Madrid, pero con sorpresa final.
Núñez señala que fue descubriendo las posibilidades que ofrecía la divulgación sobre la marcha y de esta forma dividió el edificio en capas como una tarta para explicarle a Vázquez que una planta podía estar dedicada a la colección de animales disecados que dormía en el ayuntamiento –una donación de Víctor López– y las otras dos, a exposiciones temporales y a módulos interactivos. Para poner la guinda del pastel, un planetario del que cogieron apuntes observando el de Barcelona. Hasta allí se fueron los dos para verlo.
Una vez recostado en su asiento, Núñez afirma que el alcalde se quedó convencido. Y lo que iba a ser el Centro Galego de Arte Contemporánea, se reformó al servicio de la ciencia. Con una estructura que hubo que derribar porque había estado demasiado tiempo a la intemperie y “el cemento estaba deteriorado”. Pasados los años, hoy asegura que antes de contar su idea, el proyecto todavía no tenía contenidos: “Era como una Ciudad de la Cultura sin especificar”.
Él aprovechó el momento y lo siguiente fueron dos años entre andamios para ver a generaciones de niños cómo abrían los ojos tanto como podían para contemplar el firmamento. Solo por eso, el todavía director del Muncyt asegura que mereció la pena.
Sin duda, la máquina azul protagonizó uno de los capítulos más curiosos de la vida de la Casa de las Ciencias. Y es que el aparato hubo que traerlo de Jena, que de aquellas pertenecía a la República Democrática Alemana, con todo lo que implicó el transporte. “Esto supuso numerosos trámites de importación”, rememora.
Al margen de las anécdotas, si hay algo que destaca Núñez es que el palacete provocó la primera desviación del presupuesto reservado a cultura para la ciencia, “dando cuenta de eso que empezaban a decir algunos de que la ciencia era cultura”.
Sin duda, para el primer responsable, eso fue lo más importante. Lo demás lo puso la gente con su curiosidad.

Treinta años de la propuesta interactiva