
Es uno de los puntos más concurridos los fines de semana, donde se dan la mano los que gustan del botellón y los que prefieren llevarse la consumición fuera del local. Cuentan los vecinos de la calle de Vista, perpendicular a San Andrés, que la zona está de moda y que si “sales temprano, vas pisando las botellas y vasos del día anterior”. En el caso de los que pueblan el número 90, son años acumulados de insomnio que se acentúan más si cabe en los últimos tiempos porque hay una serie de bares muy frecuentados. Hace meses que tuvieron que cambiar la puerta del garaje, a la que le pusieron una especie de protección por donde los vándalos cuelan los cascos.
Uno de los afectados, Javier Pandiella, explica que al salir con el coche “no te queda otra que aplastar lo que hay”. La del portal también la tuvieron que renovar porque la rompieron en seis partes y aunque la sustituta tiene una parte externa de madera, por dentro está acorazada y “es de hierro”. Contra lo que no pueden hacer nada es con los grafitis, que lo invaden todo: las paredes y demás elementos del mobiliario, igual que el olor a orina y, en general, advierte de que cada fin de semana aparece algo nuevo con lo que juegan, ya sea unas maderas o “cualquier chiquillada”.
Para borrar las huellas, el camión de la limpieza pasa a primera hora. Más ruido que sumar a un día a día que en verano se complica porque las noches de juerga se multiplican y los botelloneros también. Aún así, apunta que nadie hace nada por acabar con los gritos y los menores alcoholizados. Pandiella denuncia que en ninguno de los dos casos se actúa: “Ni la Xunta, nos las ordenanzas municipales sirven para nada”. Ya perdió la cuenta de las veces que telefoneó a la Policía y desde que vive allí, interpuso una docena de denuncias. Pero no consiguió nada, ni que se declare zona especial de protección acústica como el Orzán y Durán Loriga ni que el barrio deje de ser una especie de jungla.











