“Tampoco hay que ser ingenuos diciendo que la música es la cura, pero sirve de analgésico”

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El de esta tarde (20.30 horas, Palacio de la Ópera) será su primer flirteo con la Orquesta Sinfónica, después de comprobar que da lo mismo estar en una orilla o en la otra del charco porque la meta es siempre ponerse al servicio de la música. Por eso, Rafael Payaré asegura que el paseo hasta cruzarla es “muy lindo”. 
El programa promete. La batuta señala que con “La hija de Pohjola”, de Jean Sibelius, el espectador catará el virtuosismo en tan solo doce minutos, que es lo que dura el poema sinfónico y de ahí, pasará a Edwar Elgar. Con él, entrará en escena el chelista Jean-Guihen Queyras, que transportará a la butaca a 1919, cuando el fin de la primera Guerra Mundial convirtió al mundo en otro, bien distinto: “Nunca volvió a ser el mismo y aunque después vino otra, la pieza es una de sus grandes obras maestras”. 
Para el maestro, el compositor saca a bailar todo el registro del violonchelo y de la destreza, el público pasa a la melancolía y la desesperación: “Presenta un  mundo desordenado y de repente se para y piensa en lo que ha pasado y qué es lo que viene”. Todo se ve desde arriba, señala.
La segunda parte es un manjar, dice Rafael, porque la “Sinfonía nº3. ‘Heroica’” de Beethoven confirma la revolución, el giro de tuerca que le dio a la música desde el primer acorde y “el programa acaba siendo un menú completo”. El venezolano, que ya dirigió a otras formaciones del país como la orquesta de RTE o la Sinfónica Nacional, cuenta que cada una tiene su forma de hacer y de ser y aplaude el programa “Resuena”, que impulsa la Sinfónica de Galicia para utilizar la música como antídoto frente a la exclusión porque él mismo es alumno de El Sistema de Abreu, que hizo que el género clásico formara parte de la educación de su país sin “que importase el estrato social, si eras rico o pobre, rosado o verde”. 
Payaré tuvo la suerte de ser uno de los pupilos que brilló y “sin influencias musicales de mi familia, acabé tocando la trompa. Si no fuera por El Sistema, no estaría en este mundo maravilloso” porque allí “te lo dan todo”. En este aspecto, “tampoco hay que ser ingenuos diciendo que la música es la cura, pero sirve de analgésico”, asegura el director y cuando circula por la sangre, “ese pequeño gusanito ya no se pierde”. Nunca se va, sentencia. 
En Venezuela, el programa cada vez abarca más centros y a más personitas. En su ciudad, Puerto La Cruz, pasó de un centro a cuatro y en el estado, de dos a 18: “Un niño que tiene tres lecciones le enseña a otro que no tiene ninguna” y la ramificación funciona. Al igual que la competencia natural, que hace que uno imite al otro y coja el violín.

“Tampoco hay que ser ingenuos diciendo que la música es la cura, pero sirve de analgésico”