Reportaje | El hombre invisible que habita en la casa del milenio

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“Soy invisible”. Es una frase que  le gusta repetir a Segismundo Martínez, valenciano y mendigo. Incluso lo lleva escribe en el cartel con el que pide en Alfredo Vicenti. Desde luego, parece invisible a los ojos del Ayuntamiento, porque lleva viviendo desde hace mes y medio en compañía de otro sin techo en los bajos abandonados del Millennium, sin el conocimiento del Gobierno local, a pesar de que estos bajos son equipamiento municipal. Hace solo una semana, el concejal de Regeneración Urbana, Xiao Varela, en la edición del Dillo ti que se celebró en el centro cívico de Labañou declaraba ante los vecinos: “Agora mesmo non está durmindo alí xente”. 
Para Varela, era mejor así: “A zona e moi exposta, todos os anos hai problemas porque as ondas suben. Hai problemas de seguridade e pusemos unhas reixas un pouco mais competentes para que a xente non durmira ahí, porque ademais, era perigoso”. Pero Martínez asegura que cuando descubrió el lugar, en uno de los paseos que daba por allí, parte de la reja ya había sido arrancada por una mano anónima, y que no tuvo ningún problema en introducirse en el interior. 
También reconoce que hace frío, sobre todo de noche, y que el agua invade su refugio en ocasiones pero aunque sea valenciano, no parece tenerle miedo al Atlántico ni al frío: “Te protege de la lluvia y cuando viene el mar, subimos las escaleras y vamos el piso de arriba”. 
 

Por el Camino de Santiago 
Martínez llegó hasta A Coruña hace unos ocho meses. “Vine haciendo el Camino de Santiago y cuando terminé, cogí y me vine aquí, lo más lejos posible de Valencia”, explica. El motivo es que quería alejarse de las compañías que le habían levado a engancharse a las drogas. No esconde que también pasó en prisión diez años y medio, como castigo por los robos que había cometido para financiarse el hábito. 
En los ocho meses que lleva viviendo en la ciudad, el valenciano ha encontrado de todo. Se ha empadronado aquí porque le dijeron que así podría optar más fácilmente a los subsidios, pero le han negado la pensión por enfermedad, a pesar de que es seropositivo. Ahora piensa acudir a los Servicios Sociales para que le ayudan a tramitar la Rissga. En cuanto al alojamiento, ha estado en el Refugio de Padre Rubinos, y en centro Abeiro, del Ayuntamiento, pero no le convencen. 
También querría que le formaran para encontrar un empleo. “Entré muy joven (tiene 33 años) en la cárcel y soy un poco ignorante, aunque aprendo rápido. Soy muy guerrero y ya pasé mucho en la vida”, asegura. En cuanto a la  vida en la calle, asegura que hay personas que le tratan bien y otras que mal y que no entiende por qué. “Si fuera un perro ya habrían venido los de la perrera y  me habrían adoptado, y no seguiría pidiendo en Alfredo Vicenti”, bromea. 
Añade que hay gente a la que “saludas por la calle y no te responden. Dice ser cristiana, y Jesús no hacía eso a sus hermanos”. Claro que el galileo era un sujeto extraordinario, capaz de resucitar a los muertos. En el caso de Martínez, no hace falta tanto para solucionar el entuerto: “Nos consideramos personas invisibles y nos gustaría que nos hicieran visibles, porque no lo vemos normal”. Mientras tanto, cambia las rejas de la cárcel por las del Millennium. l

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