Una mudanza que se hace cuesta abajo

Los desalojados cargaron sus furgonetas con maletas llenas con sus pertenencias susy suárez
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Las últimas lluvias han despejado la atmósfera y dejado relucientes las calles de la ciudad, pero allá arriba, en Penamoa, tanta agua ha tenido el efecto contrario, al añadir barro a la basura y charcos a los escombros que siempre se acumulan entre los galpones y que ayer habían crecido de tamaño con lo que los chabolistas habían decidido no llevarse. Era día de mudanza y las furgonetas y los monovolúmenes se llenaban con colchones, ropa, televisores y todos los efectos personales que se querían salvar. En realidad, se trataba de una evacuación en toda regla, porque hoy es el último día de Penamoa, marcado por la orden de desalojo salida del juzgado, que se ha convertido en la esquela del poblado chabolista.

De las 263 familias que en su día poblaron lo que se conoció como el supermercado de la droga del noroeste, queda apenas media docena, la mayoría portugueses, que llevan más de 20 años residiendo en esas mismas chabolas. Pero, a pesar de que han trasladado ya lo más importante de sus enseres, pocos piensan marcharse hasta que las excavadoras (y los agentes de antidisturbios de la Policía Nacional) no les dejen otra opción.

Mientras recogen sus cosas y las meten en maletas y bolsas de plástico, siguen repitiendo las mismas quejas que comenzaron hace tres años, cuando arrancó el Plan Especial de Penamoa, del que ellos no formaron parte. “A mí si me dijeron de entrar –admite uno– pero en un mismo piso con la familia de mi padre y la mía, y en esas condiciones, les dije que no me interesaba”. Otro asegura que las ayudas que daban eran insuficientes, tanto para el alquiler como para la hipoteca. A otros muchos ni siquiera se les preguntó “y cuando fuimos nos dijeron que el plazo se había acabado”.

El resentimiento se convierte en rabia con facilidad. Uno de ellos esgrime un palo pero lo deja caer en un gesto inútil. “¿Qué han hecho con las ayudas de Europa, todas los millones que metieron aquí? –gritan– ¡Se lo han comido todo!”. “A ésos (otros chabolistas) les realojaron rápido porque les estorbaban para hacer la carretera (la Tercera Ronda) y a nosotros nos dejaron aquí”. No quieren ni oír hablar de la droga como una razón válida para su marginación del Plan Especial “¡La droga la venden los payos!” y recuerdan que la Policía Nacional descubrió en O Ventorrillo un trastero con un laboratorio de cocaína.

Pero sus furgonetas no van muy lejos: apenas medio kilómetro cuesta abajo, hacia A Silva, donde se levanta el edificio Residencial Finisterre. Casi todos han ocupado allí un piso, porque hay muchos vacíos, a pesar de que son cerca de veinte las familias gitanas que ya se han instalado, junto con los okupas que llegaron antes: “¡Pues claro que voy ahí! ¿Adónde puedo ir, si no?”.

Una mudanza que se hace cuesta abajo