La obra de un genio que hace hablar a la ciudad

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Aunque de primeras se mostraba escéptico por el hecho de que nunca había salido convencido de una exposición de un compañero suyo, lo cierto es que Rafael Moneo confesaba más tarde que gravitar por su carrera era realmente impactante. Porque “Rafael Moneo. Una reflexión teórica desde la profesión. Materiales de archivo 1961-2013” desenrolla los tubos de su oficina. Saca a la luz los primeros dibujos. De cuando pensó en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida como una prolongación de lo que construyeron los romanos. Donde todo convive en armonía. Precisamente por eso, el hombre decía estar emocionado.
Porque en un solo barrido vio sus primeros proyectos. Con un Bankinter de La Castellana en primera posición, agradecido de que su cabeza fuera capaz de hermanarlo con uno de los pocos palacetes del centro madrileño que se salvó de la demolición. Para pasar por una plaza del Obradoiro que el de Tudela pensó como un centro emisor (1962) y con el que levantó un trofeo, el premio de Roma, y saltar a los Países Bajos, donde el arquitecto quedaba finalista con una propuesta para el Ayuntamiento de Ámsterdam.
En ese punto, Moneo hablaba de Jorn Utzon como un genio seguro de sí mismo. Nada que ver con Oiza, que siempre tuvo un punto de inquietud e insatisfacción. En la explicación se olían ya los Estados Unidos. Porque lo siguiente tenía que ver con su etapa americana y cómo lo que vio allá le sirvió para crecer sobre el plano. Y repensar la urbanización de viviendas Urumea en San Sebastián. Los años 60 ven ya su fin y Moneo coge de la mano a Manuel de Solá. Juntos remodelan sobre un folio en blanco el centro histórico de Zaragoza. En 1973, el arquitecto recibe una llamada. Era el alcalde Logroño encargándole un ayuntamiento. Atraído por el que se había inventado para Ámsterdam, el regidor busca Moneo en el listín telefónico. No podía ser otro.

sin guion
Lo que se va a poder ver hasta marzo no sigue un guion. Cada uno de los 46 proyectos va por libre. En la carrera del navarro, no existen los puntos seguidos. Lo decía el comisario Francisco González: “No crea un lenguaje personal porque tiene más interés por hacer hablar a la ciudad que a sí mismo”.
Como ninguna ciudad es parecida a otra, Moneo se enfrenta en los 80 a Mérida y todo el pasado romano pasa por delante de sus ojos. Él no puede obviarlo. Es por eso que sus columnas se hacen amigas de las ruinas. En esta exposición está justo la maqueta sobre la que se levantó el edificio. Que le sirvió al varón Thyssen para saber el nombre del encargado en materializar un museo para su colección de arte.
El de Mérida fue el primer reconocimiento internacional de su trabajo, asegura. A su lado, están las fotos de la Sala de Previsión de Sevilla, un proyecto donde la misma Torre del Oro le advirtió amenazante que no debía quitarle protagonismo. Así lo hizo. Moneo respetó siempre los símbolos. Y si para Jaén se plantea un Banco de España donde la seguridad está por encima de todo, para Venecia plasma una dulce espera del vaporetto.
Su Palazzo del Cinema permitiría a los pasajeros disfrutar del perfil de la ciudad en una gran terraza con vistas. Sin embargo, “el proyecto no se hizo. Es muy difícil hacer un proyecto en Italia, más en Venecia y más aún para la Bienal”.
Son los años 80 y Moneo inyecta un auditorio en Barcelona donde “el ensanche pierde su nombre”. Sitúa los servicios en el sótano para que no estorben y la sala aparece limpia. Sin más ruido que la música. Dice Moneo que en esta época, los papeles inundaban su estudio.
En los 90, Moneo tiene un pie dentro y otro fuera de España. Se sienta con Calatrava y otros tres más a discernir sobre la mejor opción para catedral “Nuestra Señora” de Los Ángeles. Vigilados por las fuerzas vivas de la ciudad, su discurso convence, igual que el que sale de la exposición con una lección de historia en el bolsillo. De un genio que se resiste a tener un estilo propio. Por delante, está la ciudad. n

La obra de un genio que hace hablar a la ciudad