Inquilinos con billete de ida y vuelta

QUINTANA. HUERTO URBANO EN LA ESTACIÓN DE RENFE
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Con la primera luz del sol, las máquinas ferroviarias comienzan a rugir en la estación de San Cristóbal. Lo hacen al mismo tiempo que canta un gallo en las casas de la Renfe. Allí, a escasos metros de la vía viven cerca de 50 coruñeses. La mayoría han pasado su vida viendo cómo el Talgo entraba y salía por delante de su cocina. Son trabajadores o jubilados de la operadora a los que el ruido del tren les resulta más común que el de un coche. 
Por eso, Luis se asusta cuando una furgoneta toca el claxon dentro del perímetro, pero no lo hace si un regional enfila la primera recta con soltura. Es uno más de los miles que vio desfilar a lo largo de 20 años desde el salón de su casa. Cuando toca San Juan, la comunidad vecinal se reúne y prepara una sardiñada. 
Aunque ya apenas corretean niños, hace tiempo los propios residentes instalaron unas porterías con unas vallas para que jugasen a ser Maradona sin preocuparse de que la bola cayese en campo contrario, esto es, en las vías del tren. Si esto ocurría, tenían que avisar a un mayor para que fuera a su rescate. 
Hoy ya son abuelos, pero no se olvidan de las viejas costumbres. De esta forma, en las casillas paralelas a la de Luis, José se junta para cantar las cuarenta con los que comparte calle. Además de arrastrar triunfos, le dedica tiempo al huerto que florece con vistas a los vagones. Allí, los pimientos y las alubias crecen al ritmo que impone el  “chacachá” del tren. 
Cerca de lo verde, una mesa advierte de que la gastronomía se da cita al otro lado de la vía 1, justo donde los ferrocarriles se dan una ducha a primera hora de la mañana y hacen maniobras antes de empezar su jornada. Por las que están limítrofes a sus ventanas no circulan líneas, pero sí se comprueba en ellas que todo está en orden para emprender trayecto. Desde maquinistas a interventores, uno podría formar la tripulación de un tren con los que viven en este vial, que no tiene más nombre que “Casa Renfe” o “Casillas, vías y obras”. 
Con esta referencia, aterriza todos los días el cartero y el repartidor de butano. Hace tiempo, Luis recuerda que pasaban el panadero y el pescadero y solo tenían que llegar hasta el umbral de la puerta para comprar todo lo necesario y subsistir sin salir de la estación. Ahora, después de una recta que se torna incómoda cuando la lluvia arrecia porque no hay forma de resguardarse, la comunidad vecinal tiene supermercado, librería y bares donde charlar con los del otro lado. 
Solo les separa de ellos un muro con una cancela que advierte del riesgo que entraña pasarla. Sin embargo, de puertas hacia dentro, todo parece más tranquilo: “Somos una gran familia” porque a la mayoría los unen 30 años masticando sueños en el ala sur de la estafeta. 
Después de ser capataz de obra en Chamartín, Atocha o Barcelona, José llegó a la última estación, su propia casa, hace diez veranos para disfrutar de un retiro que aliña con bastos y copas y también con los tomates que apaña. Recuerda cómo uno de esos trastos que en la actualidad conectan con Vigo en hora y media, antes tardaban cuatro: “Cuatro y 25 minutos le llevará ir a Madrid”. En el otro bloque, Luis pasea a su boxer Maya entre rosales y calas. Los propios vecinos se encargan de que el hall de sus casas esté impecable. La perra sabe perfectamente donde está el territorio prohibido y ya no hace ademán de traspasarlo. Está acostumbrada. Muchas veces, su amo trabaja de noche porque las altas velocidades que alcanzan ahora las máquinas implican un mayor peligro a los que reparan averías como él. 
De A Coruña hasta Lugo, pasando por Betanzos y Ferrol, el profesional de los baches se conoce la red ferroviaria como la palma de su mano. Aquí donde las gallinas ponen sus huevos y los retirados de la Renfe pasean sus años, todos los inquilinos tienen billete de ida y vuelta.

Inquilinos con billete de ida y vuelta