El precio de la fidelidad

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Solo con lo que el F.C. Barcelona le ha pagado para que le sea fiel, Messi se podría haber llevado el cuadro “Hombre joven sujetando un medallón” que se adjudicó por 76 millones de euros en la reciente subasta de Sotheby’s, y aún le habrían sobrado un par de milloncejos. No consta, sin embargo, que el futbolista argentino sea muy aficionado a la pintura, y es de suponer que lo que le ha rentado la fidelidad se lo gaste en otras cosas. Lo que sí consta, según se deduce de la exclusiva de El Mundo, es que el Barça le ha apoquinado al jugador en cuatro años la bonita suma de 555.237.619 euros, muchos de ellos en concepto de las más heteróclitas variables, y que de éstas llama particularmente la atención la que atiende al nombre de “Loyalty bonus” o Bono de Fidelidad. Las criaturas humanas suelen ser fieles gratis, o bien irreductiblemente infieles aunque les den 78 millones de euros por no serlo, pero se ve que ésta necesitaba un estímulo para ser lo primero y no ser lo segundo, y que el F.C. Barcelona se lo proporcionó, bien que a costa de tirar, literalmente, la casa por la ventana. Nadie sabe cuánto es 555.237.619 euros, ni las pocas cosas que, en el fondo, un particular puede hacer con ellos, pero, aun así, se está debatiendo lo suyo sobre si está bien o está mal semejante obscenidad. Lo curioso es que, por las circunstancias sobrevenidas en el mundo del fútbol y en el mundo en general, parece que se ha producido una transferencia de capital entre el club y el jugador, de suerte que aquél, arruinado, vale menos ahora que éste. Nadie sabe cuánto es 555.237.619 euros, pero a muchos les gustaría conocer la cantidad, a buen seguro mucho más modesta e inteligible, que las administraciones del Estado han recaudado en concepto de multas por contravenir las disposiciones anti-Covid, cuánto por saltarse el confinamiento y el toque de queda, cuánto a los sin-mascarilla, cuánto a los negacionistas que se manifiestan tumultuariamente sin distancia y sin sentido, cuánto a los de las fiestas, cuánto a los de los botellones, y, si a las dichas administraciones les queda un adarme de decoro moral y dictan una norma al respecto, cuánto a los sinvergüenzas que se han saltado y se siguen saltando la cola de la vacuna.


Lo del contrato de Messi se ha acabado sabiendo, compra de fidelidad incluida, pero lo de las multas, que no parece que se esté poniendo mucho énfasis ni mucha celeridad en ejecutarlas, sigue en el limbo. No puede el Estado comprar la fidelidad del ciudadano, sino que ha de merecerla y granjeársela. Sin ir más lejos, cobrando hasta la última multa a los salvajes, revelando el monto, y empleándolo en remediar al que lo necesita.

El precio de la fidelidad