La acusación pide condena por asesinato para el imputado por disparar a “El Piñas”

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El Ideal Gallego-2011-05-06-008-c100e9dem. pérez > a coruña
  La acusación particular entiende que I.G., el principal acusado de la muerte del traficante arteixán Alfonso Piñeiro, “El Piñas”, es culpable de un delito de asesinato y no de homicidio, como hasta ahora pedía la Fiscalía. La diferencia entre un cargo y otro está en la alevosía y el dolo que la abogada de la víctima apreció en la conducta del imputado y se traducirá en un aumento de la condena exigida. De esa forma, los 27 años que se solicitaron que I.G. pasase en prisión, ahora podrían convertirse hasta en 35.
Los testimonios ayer de los especialistas forenses determinaron que el disparo que mató a Piñeiro se efectuó a menos de un metro y medio de distancia y por la espalda y además que la herida fue “mortal de necesidad”. No coincide por tanto la afirmación con las declaraciones del acusado, quien aseguró que detonó el arma “para intimidar”. Tiró una vez, con precisión y “a matar”, según la letrada y después ni él ni su acompañante se detuvieron siquiera a socorrer a la víctima. Se limitaron a escapar “corriendo” y “esquivar” su cuerpo aún agonizante, que yacía en el suelo sobre un charco de sangre.
Para la acusación no sirven de nada las eximentes que expone la defensa. Descartaron la de drogadicción, ya que “en ningún momento el acusado se sometió a tratamiento alguno o sufrió síndromes de abstinencia. Además, su exesposa declaró que consumía cocaína, pero de forma “ocasional”.
Tampoco se aceptó el miedo insuperable que alegó el procesado inicialmente, debido a que “quedo probado” que Piñeiro era “una persona pacífica”, que no llevaba armas. La reconstrucción hecha por la fiscal y la letrada habló de cuatro personas, dos de ellas miembros de un “peligroso” clan gitano leonés, que se desplazaron a Arteixo con la intención de robar a un traficante de droga local.
Sólo así se explica que cada uno portase una pistola en el momento del encuentro y que tuviesen un rollo de cinta aislante preparado para amordazar a sus víctimas. Cuando llegaron, el coche propiedad de I.G. quedó aparcado con el morro hacia afuera, listo para salir rápidamente. En cuanto entraron en la casa “ni se sentaron”. Permanecieron de pie cerrando el trato y tapando la única salida.
La abogada explicó que las versiones de los dos testigos presentes en el suceso –esposa y amigo de la víctima– coinciden perfectamente. Por eso deduce que es cierto que la operación preparada por I.G. y A.J. siguió el guión estipulado hasta que se oyó un ruido en la habitación contigua. Era A.B., la mujer del fallecido, que estaba allí con su hijo de un año. Cuando el principal imputado pidió al Piñas que hiciese salir a los familiares de la habitación, éste optó por escapar a la calle en busca de auxilio e incluso llamar a los timbres de sus vecinos. I.G. –siempre según la acusación– se fue en su busca, sacó “un arma plateada” y de un solo disparo acabó con su vida, pero no sin antes escuchar sus súplicas: “No, no, para”.
Después de la detonación nadie ayudó a Alfonso Piñeiro, que permaneció tendido, perdiendo sangre durante un buen rato antes de ser atendido. Al contrario, las dos mujeres que acompañaban a los imputados y que no han podido ser identificadas, se concentraron en coger el paquete con 700 gramos de cocaína y correr al Audi A6 de I.G.
La droga nunca apareció, ni tampoco la Magnum 357 que abatió a “El Piñas”.

La acusación pide condena por asesinato para el imputado por disparar a “El Piñas”