Reportaje | Cómo la OSG les cambió sus vidas para siempre

Raúl nunca pensó que una orquesta como la Sinfónica le haría subir y bajar una montaña del tirón de la mano de Strauss y un momento en el que si puede, acude a verlos. Dos años le sirvieron para conocer las costumbres de los que paran a tomar café en La Cantera y hacerse amigo de varios como de Jeffrey, que ya se sentó en su misma mesa por Navidad. A Maribel, la música le emociona, “y aunque no sepas quién la toca tienes la capacidad para apreciar si es bonita”. Ella limpia en el Palacio de la Ópera, aconseja y es energía positiva para la plantilla. Todos la adoran.

Son historias humanas que crecieron en estos 25 años junto a la OSG. Se hicieron mayores y hasta dieron lugar a segundas partes, como los pequeños Rubén y Víctor, que son hijos de José y Mónica. El percusionista cuenta que casualidades del destino, encontró al amor de su vida a pocos palmos. Quizá, si hubiera escogido el violín, la corista con voz de soprano no hubiera entrado por la puerta, pero la distancia corta facilitó las cosas. Eso y el gran corazón de su mujer. Un fenómeno intergeneracional que también se da en la casa de los Tanasescu, que llegaron a la ciudad en 1992 desde Rumanía con el violonchelo de Gabriel a cuestas. Mihai tenía entonces cinco años: “Recuerdo que cuando llegué en la guardería no hablaba ni papa el castellano, estaba muy calladito hasta que me empecé a soltar. Lo aprendí rápidamente”, igual que la pasión por la música.

Por eso, en el momento en que se vio en una orquesta con 14 lo tuvo claro y hoy es violinista de la OSG. Esto les lleva a compartir directos a padre e hijo, a ser fans y críticos a la vez: “Es un honor para mí”. Ellos son los vértices de un triángulo sinfónico, con Zita, su madre, ordenando las partituras del archivo musical como tercer elemento. Y es que la gran familia de la OSG traspasa el escenario. Es composición que viaja por Estados Unidos y suena en auditorios de España con Fernando Buide, que creció en el Palacio de la Ópera, y sacrificio, el que hacen los sábados los Clemén Martínez para hacer que Javier cumpla un sueño, el de ser músico. “Un mundo del que no sabes hasta que estás”, dice Ana Belén, la madre del ponferradino. Son 25 años de historias que acaban con aplauso como cuando la OSG cierra con nota uno de sus programas y la gente se levanta del asiento.

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