La Fundación Barrié concentra 50 años de obras de Gallego Jorreto

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Para Manuel Gallego, el fin último de la arquitectura es hacer feliz al hombre. Por esta razón, articula cada una de sus ideas en soluciones que ayudan a dibujar sonrisas y le hacen caso a la luz natural, siguiendo la premisa de que los edificios públicos tienen que ser de todos, que “cada uno sienta que son suyos”. Ella marca esa impronta y por eso la eligió para el pasillo que descubrió en su Ourense natal y que comunica el casco viejo, un pasadizo por el que cruzaba rápido y con miedo cuando era pequeño: “Hoy los niños juegan allí felices”. 
Después de 48 años trabajando por encontrar esa felicidad, hoy se sienta a recordar en la Fundación Barrié. Su primera retrospectiva se compone de 22 proyectos, 16 maquetas, 24 planos, 400 fotografías y dos vídeos. No es una exposición al uso porque aburriría, sentencia. Es una arquitectura, que alberga otra, ambas suyas, y que cobija a sus criaturas más significativas. 
Entre el conjunto que va de 1967 hasta hoy, están también los hijos que se han torcido por causas ajenas y algunos de los que no se siente especialmente orgulloso como las viviendas unifamiliares de San Pantaleón das Viñas: “Entre libertad y no libertad se me fue la mano”, pero que apuntan hacia el comienzo de ese giro a la sensibilidad. De cuando Gallego comenzó a sonar más allá de Pedrafita y se fue hasta Corrubedo. Allí plantó su casa que perfiló como un vagón de ferrocarril, una caravana con vistas al mar perfectamente medidas para que cada rincón tuviera una función: “Este es para asar sardinas y este regala atardeceres”. 
Consciente de que una obra puede cambiar la vida de la zona, planificó en A Illa de Arousa una revolución arquitectónica a su manera porque no se trata de romper con lo anterior, sino de adaptarlo a las necesidades: “La arquitectura nace para solucionar problemas, no para crearlos. Ni los suyos ni los de los vecinos”. En la localidad pontevedresa, dinamizó una parte muerta con el Ayuntamiento como eje vertebrador junto a centros culturales y sociales y antiguas fábricas de salazón. 
Para que la muestra no fueran cuadros colgando, Gallego Jorreto colocó una fotografía de grandes dimensiones en cada parcela. Al lado, están otras pequeñas que dan perspectivas diferentes del edificio en cuestión. Explica que son como visiones caleidoscópicas de sus distintos puntos de vista. También están los planos, algunos los tuvo que redibujar, y para los que quieren dar un pasito más, los textos. La intención del creador no es otra que abrir caminos que intriguen para que el visitante empiece a imaginar. Él le da pistas acerca de por qué hace esa arquitectura y no otra. Sus ejemplos viajan hasta la facultad de Ciencias Sociales en Elviña, en la que planeó recuperar la fachada porque no había un espacio común para el chascarrillo y el cambio de apuntes. Gallego lo creó en forma de pasillo con ventanas. 
En Lira, su huella tiene que ver con una lonja que sigue la horizontalidad del mar. No estorba a los que trabajan en el puerto, cuenta, y es más, desde arriba, se escucha el bullicio de la subasta. Es un lugar mágico para estar sin molestar. Es aquí donde habilitó un espacio para una clase de educación ambiental. Dice el arquitecto que un paisano le comentó un día que parecía una gaviota. No pudo recibir mejor piropo. 
En el relato de su trayectoria, hace una parada en Valdoviño, al que le dio una casa de la cultura que recibió embestidas. Las de gestores que cometieron “tropiezos de incompetentes” y eliminaron elementos pensando que no tenían nada que decir. Sí lo tenían, asegura. Por cosas así, solo pide que “mis juicios sean respetados y valorados como yo valoro y respeto los de los demás”. Irremediablemente, afirma, “muchos edificios están tocados”. Este es uno. Gallego Jorreto lo masticó mirando al carácter expandido del municipio. De ahí que proyectase una especie de campo de la fiesta con cabida para la cultura, pero también para las citas populares. 
Asegura que cada obra está sujeta a un contexto: “al paisaje, a la economía, la cultura, pero, sobre todo, a un contexto físico”. De esta manera, el museo de Arte Sacro de Santiago tenía que dejar entrar a la catedral. Él provocó esta unión a través de una esquina y siguiendo a pie juntillas su filosofía, hace felices a los turistas que desde el centro la buscan y se llevan un selfie. 

La Fundación Barrié concentra 50 años de obras de Gallego Jorreto