La historia que deja un indeleble olor a pólvora

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El sonido del metal entrechocando y el estruendo de la pólvora fueron ayer la nota dominante en los jardines de A Maestranza, donde tuvo lugar la jornada más emocionante de los actos conmemorativos de la batalla de Elviña.    Los miembros de la asociación Amigos del Museo Militar había preparado varios actos, algunos de ellos bastante espectaculares, como un duelo a espada entre húsares (soldados de caballería ligera), descargas de fusilería, disparo de un cañón y como colofón, un pequeño combate entre tropas napoleónicas e inglesas, que no por incruento resultó ser menos emocionante para los cerca de 250 personas que acudieron. Sobre todo, para los niños.
“Ellos fueron los que más disfrutaron, la verdad es que este año vinieron muchos”, comentó Manuel Arenas, presidente de la asociación, vestido de granadero de la guardia imperial. Los que como él, se habían vestido de época (principios del siglo XIX) respondieron a todas las preguntas que se les formularon sobre los uniformes, los mosquetes y, por supuesto, las espadas. “Era lo que más les atraía”, reconoció Arenas. Incluso les dejaron tocar la empuñadura, aunque, por prudencia, no les dejaron desenvainarlas. En los combates incruentos que se celebraron ayer, habría sido muy desafortunado que la única baja fuera un niño.
Pero dado que no hubo ningún incidente que reseñar, el día fue tan bien como podía esperarse. Incluso el tiempo se portó. “Entre las once y las dos menos cuarto, que estuvimos fuera, no cayó ni una gota”, asegura el presidente de Amigos del Museo Militar que recuerda que el año pasado, durante la ciclogénesis explosiva que azotó la ciudad, acabaron bastante empapados por la lluvia.
Claro que también había actividades de interior, en el propio museo, que acogía una exposición temporal de Diego del Barco, el brigadier coruñés que falleció en una de las últimas batallas de la Guerra de la Independencia. Gran parte de los fondos (el 60%) fueron aportados por el propio arenas, aunque los documentos fueron cedidos por Arsenio García Fuertes. El resto lo aportó el propio museo: maquetas, maniquíes, mapas, munición...
La jornada terminó cuando ya las nubes amenazaban lluvia. Bajo un cielo de luto llegó entonces el momento de la ofrenda floral a la estatua de Diego del Barco que se encuentra en los jardines, de la que ahora existe una gemela en Cantabria. Cerca de 70 personas contemplaron como los figurantes en uniforme de soldado se acercaban para depositar las flores ante el militar que murió mientras arrebataba el fuerte de San Carlos, en Santoña, de manos de los franceses. 

La historia que deja un indeleble olor a pólvora

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