Javier Rebollo en el MoMA o la complicada relación entre cine y museo

El director español Javier Rebollo. EFE/archivo
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Frente a la discusión en la facción más radical y experimental del cine español sobre las "películas para museos", el director Javier Rebollo, que estrena estos días su película "El muerto y ser feliz" en el MoMA de Nueva York, reflexiona sobre cómo "el cine como espectáculo gregario o popular se ha perdido".

Jaime Rosales estrenando "Tiro en la cabeza" en el Reina Sofía de Madrid; Isaki Lacuesta desdoblando a Miquel Barceló en "Los pasos dobles" y "El cuaderno de barro"; Albert Serra enseñando su obra cinematográfica en el Pompidou de París y ahora, hasta el día 7 de octubre, Javier Rebollo proyecta en el MoMA su última película.

Y así, la llamada "línea dura" del cine español, la que juega con las formas y se salta a menudo las leyes de la narrativa sin concesiones con el espectador, ha encontrado en los museos uno de sus ecosistemas naturales.

Rebollo dice considerarse con un pie en lo "underground" sin abandonar con ambiciones de tener el dinero que posibilita una estética "operística", división que le hace esperar que también el público de un cine convencional se siente a ver "El muerto y ser feliz", la película que dio el Goya y la Concha de Plata en San Sebastián al actor José Sacristán y se llevó en ese festival el premio FIPRESCI.

"El cine como arte de museo está salvado, por eso desconfío del museo, pero el aspecto del cine como espectáculo gregario popular lo hemos perdido", asegura en una entrevista con Efe.

"El MoMA es genial por una razón. Son los primeros que se dieron cuenta de que había que proteger las películas (...) Pero más me apetece que pongan la película en Nashville en un centro cultural o en un cine de barrio. Esa es la batalla que está perdida", asegura.

Rebollo debutó con "Lo que sé de Lola", siguió con "La mujer sin piano" -con la que ganó la Concha de Plata al mejor director en San Sebastián- y con "El muerto y ser feliz" consiguió "una película libre que a veces desarticula la mirada, la del crítico sobre todo. Es una chica que no sabes por dónde cogerla, es como Rossy de Palma", explica.

Su historia se bifurca en lo que se ve en la pantalla y lo que narra la voz en off. Un juego de percepciones que van definiendo el camino de ese moribundo que es José Sacristán pero que no actúa como tal y que viaja por una Argentina que va cambiando en esa carretera que recorre el protagonista durante 3.700 millas.

La pregunta es ¿qué pensarán de ella los estadounidenses? "La película es muy yanqui en un sentido reaccionario", dice su director.

"Aunque exista 'El Quijote' antes, la 'road movie' la inventaron los americanos. (...) pero me gustaría que alguien emprendiera un viaje porque sí, no por algo grave. Por eso me parece que el movimiento para el olvido tiene un punto reaccionario. Me gustaría que la gente tomara decisiones sin que alguien le empujara totalmente", asegura.

Rebollo se define como "un cineasta completamente sensual" en el sentido más libre de la palabra. Rueda sin marcas, sin fijar diálogos, sin decir acción ni corten... "Eso hace que la película tenga un estilo abocetado, de que se va haciendo mientras las miras", afirma.

Por eso, siente sus filmes como vehículos. "La película me lleva a otras cosas, a encuentros inesperados como la 'road movie' que la película es" y, una vez en Nueva York, se abre a lo que la ciudad le pueda ofrecer. Quizá adaptar a Paul Auster, en concreto su novela "Ciudad de cristal".

Pero no se compromete a decir que será su próximo proyecto y cita a Joaquim Jordá, quien decía que los cineastas son como jardineros. Van sembrando en diferentes macetas. Algunas germinan y otras no.

Javier Rebollo en el MoMA o la complicada relación entre cine y museo