El escenario de siempre cambió de protagonistas

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  reportaje de l.f.

investidura acto solemne

Pasado el mediodía, los invitados de la última boda del viejo mandato celebrada en María Pita se mezclaban con los asistentes al pleno de investidura. Todos desfilaron por los soportales del palacio municipal con sus mejores galas y no sin cierta curiosidad sobre qué acontecería en su interior, pues aunque el escenario era el mismo de siempre, por primera vez en casi tres décadas, cambiaron sus protagonistas.
Aunque Carlos Negreira acaparó el centro de las miradas dentro del salón de plenos, en los pasillos el que mayor expectación levantó fue uno de sus antecesores: Francisco Vázquez. Significativo fue el abrazo entre ambos, que focalizó todos los flashes tras la investidura y la actuación del coro que interpretó el himno gallego que cerró el acto solemne. A partir de ahí, todos los ediles de la corporación se intercambiaron elogios y besos, acompañados por hijos, sobrinos, madres, padres, maridos o mujeres, que junto a los representantes de sindicatos, fundaciones, entidades bancarias o asociaciones de vecinos abarrotaron todas las dependencias de la planta noble.
El millar de personas que congregó el evento condujo a que muchos se quedaran sin silla en los distintos salones habilitados para seguir el discurso del nuevo alcalde a través de grandes pantallas de televisión. Con todo, fueron unos privilegiados, en un encuentro casi vetado para el resto de ciudadanos de a pie.
Entre ellas predominaban los tonos oscuros en la vestimenta, aunque varias optaron por el rojo, que fue en consonancia con las rosas que portaron los concejales socialistas durante la sesión, a excepción de Salvador Fernández Moreda. Los hombres, casi todos de traje y con corbata, y las conversaciones, lejos de lo trascendental del momento, iban dirigidas a los más pequeños, que pululaban despistados por el ayuntamiento y que recibían los achuchones de los mayores, o a esas personas que hace tiempo que no se veían.
Los pasillos comenzaron a vaciarse casi a la hora del café, pese a que ninguno había comido aún. Y es que en aplicación de la tan reclamada austeridad del nuevo gobierno, en esta ocasión no hubo pinchos para los invitados, que tuvieron que “refugiarse” en los bares de la plaza de María Pita para calmar un estómago vacío después de dos horas recluidos.


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El escenario de siempre cambió de protagonistas