Las historias orales y escritas comparten la misma cabina telefónica

CABINA LIBRERIA
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Aprovechando la arquitectura que se resiste a morir en manos de la era tecnológica, el Colectivo Contracultura convirtió la cabina de Campo de Eastrada en librería, a la que todos pueden echar mano y coger un trozo de cultura con tapas. Lo que un día fue testigo de conversaciones interminables, cobija por un lado una familia de libros dispuestos a entretener y alimentar el intelecto a cambio de que el elegido se sustituya por uno ya disfrutado. Sobre el soporte donde no hace mucho se leían las letras de la empresa de telecomunicaciones, un manual de instrucciones invita a abrir con cuidado la vitrina para llenarla con un título de cosecha propia. Uno por otro, la iniciativa pide la participación de la gente que puede llevarse a su mesilla “Fucking Berlin”, de Sonia Rossi, o “Donde los árboles cantan”, de Laura Gallego. 
Una de las baldas está dedicada a la literatura infantil y, en definitiva, los que impulsan de manera espontánea el hábito de la lectura animan al prójimo a fijarse en las pequeñas cosas de la vida y a crear una “contracultura”. Al otro lado, un teléfono espera a que alguien lo descuelgue para seguir escuchando historias. En este caso, habladas. n

Las historias orales y escritas comparten la misma cabina telefónica