Reportaje | Piezas utilitarias que saludan y alegran el día, capaces de dar besos y aletear

El local está en el número 2 de la calle de San Francisco | pedro puig
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En octubre hará un año que su cerámica de nombre Arobe empezó a palpitar en el corazón de la Ciudad Vieja, dándole cuerda también a un barrio un tanto adormecido. Alejandro Roig se formó al principio de este milenio en la escuela de artes y oficios Pablo Picasso, pero terminó trabajando como soldador en proyectos a escala industrial hasta que la crisis le enseñó las garras y una carta de despido. 
Entonces, “como los trabajos se fueron al tacho” pensó en retomar su afición por moldear el barro y compró un horno en 2013 para poner a su creatividad a desfilar. En su casa, hizo pruebas de lo que podía llegar a hacer. Le convenció y no lo dudó. Lo siguiente fue trasladarlo al local de la calle de San Francisco, 2, donde saludan tazas en forma de pez y bandejas de hojas verdes y azules. Negras, también, más sofisticadas, dice el experto, y blancas, todas con una función porque en el mundo de Arobe, la mayoría han venido para cumplir un objetivo. 
Pocos tienen una misión estática. Sus criaturas se mueven por la cocina, es la taza que te dice buenos días en el desayuno, en la que tomas el café de media tarde o el jarrón donde descansa una rosa sin pinchos. Alejandro resiste. No le va mal: “Estoy bastante contento y no estoy endeudado”. 
Le dijeron que superar el año era la prueba de fuego y lo va a hacer con nota porque además de la venta, da talleres y sin mucha promoción, consiguió tener un alumnado fiel aún cuando el invierno entró sin freno sobre la piedra del casco antiguo: “Las clases tienen muy buena acogida. Son para adultos, un día a la semana”. 
El ceramista comparte su experiencia los miércoles y los viernes, a las 17.30 horas, y los sábados en dos turnos, a las 10.30 y 12.30 horas. Para unirse al arte de la cerámica, cuenta que es sencillo. Basta con llamarlo o mandarle un correo electrónico a arobeceramica@gmail.com. Más que cerámica artística, “me gusta la utilitaria que te puede alegrar el día”, pero sí que le dedica tiempo a la que va por libre. 
De hecho, cuenta que las primeras figuras decorativas que salieron de su casa se despacharon antes de las navidades. Alejandro Roig también colabora con otras firmas. Construye piezas para ampliar su colección y la de los demás que se dedican al diseño. 
La suya se pudo ver este año acampando en los jardines de Méndez Núñez. Aún no tiene ni un año, pero ya participó en la feria Mostrart. Hasta allí llevó sus tazas con escamas y los jarrones “Besitos”. 
Cuenta Alejandro en su web que fue un amor a primera vista. Después les puso orejas y boca, y la boca, depende del azar, es sorpresa, beso o morreo. Cada pieza es única. Él juega con los colores y las reviste de vidrio fundido. Listas para entrar por el umbral de la puerta y ser y estar. Sin hablar.

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