De la revolución choqueira al luto en un solo día

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Lo que el martes era comparsa y pandereta, ayer se convirtió en luto y sollozo, tristeza por el fin de una fiesta que engancha y resentimiento porque habrá que esperar un año para volver a coger las pelucas y los trajes choqueiros del trastero. La celebración, como siempre, terminó en entierro, de una sardina que se veló desde el viernes en el café bar Pardillo, de la calle de Arenal. Durante esa noche, la del sábado y las dos madrugadas siguientes, los que siguen el protocolo del buen practicante del Entroido se pasaron por el negocio a expresar su dolor para participar anoche de un cortejo fúnebre, que partió de la cafetería previo responso final, siguió por la avenida de Hércules y alcanzó la calle de la Torre. 
Al mismo tiempo, en la plaza de España se  bajó al dios Momo de su trono para confluir en el mismo punto y atravesar el barrio de Monte Alto de la mano hasta dar en la playa de San Amaro. Allí el pez se “enterró” y el fin del cuento lo escribió un Momo sin corona, que se quemó a pocos metros de la orilla en una ceremonia que finalizó con fuegos artificiales. De esta forma, el dios que este año homenajeó a su hermano Baco pilotando un barril de vino y guiñando el ojo al personal, ardió entre llamas acompañado de una comitiva que no tenía pañuelos para aplacar tantas lágrimas. 
El tiempo respetó el momento y no fue necesario suspender el acto. Todo transcurrió dentro de lo esperado y mientras unos se quedaron para siempre a descansar sobre la arena, los otros marcharon a sus casas con la idea de que ya faltaba un día menos para vivir un nuevo Entroido de risas y percusión. 

De la revolución choqueira al luto en un solo día