El hombre que quiso atrapar con sus ojos la felicidad de las pequeñas cosas

Muchas de las imágenes se pueden ver en 3D gracias a máquinas estereoscópicas susy suárez
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Con tan solo seis años, Jacques Henri Lartigue (1894-1986) inventó la trampa del ángel. Se trataba de abrir los ojos y de cerrarlos para secuestrar con sus pestañas todo lo que alcanzaba a ver. Hasta que un día quiso rebobinar su cinta de la vida y no pudo. Entonces enfermó.

Fue así como su padre le regaló una cámara para que congelase todos eses momentos. La fragilidad del tiempo. Y la felicidad. Y es que Lartigue estuvo obsesionado toda su vida en meter a la señora alegría en sus composiciones. Por eso, la primera gran antología de su obra “Un mundo flotante. Fotografías de Jacques Henri Lartigue”, que se puede ver en el Macuf, es un documento todo en sí de una época, plasmada desde otra perspectiva.

Alejada de los grandes conflictos mundiales y los horrores. Junto a las tecnologías que comenzaban a despuntar y los primeros que las probaban. Aquí aparece su hermano Zissou que disfrutaba del riesgo de la modernidad. Ambos soñaron siempre con ser héroes o pilotos de carreras y salen al lado de las mujeres a las que admiraba. Sus protagonistas aparecen saltando. En el aire. O con los brazos dispuestos para tirarse de cabeza en el mar. En suspensión. Para detenerse por completo ante la belleza femenina. Y mirarle directamente a los ojos.

organizada por la FUNDACión                “la caixa”,                 la muestra recoge 150 imágenes y               una película


lartigue fotografiaba de forma instintiva y nunca dudaba de lo que tenía en la cabeza

Lartigue comenzó haciendo arte con el objetivo a los diez. Primero jugando con el tiempo de exposición. Algo que no dejaría de practicar en toda su carrera. De este modo, retrató a su familia en posados aparentemente normales que el artista manipulaba moviendo la cámara para que aparecieran siluetas de “fantasmas”.

La exposición, que está organizada por la Fundación “la Caixa”, es un diario gráfico del francés compuesto por cerca de 150 imágenes en las que atrapa la felicidad de forma instintiva: “No cuida las formas ni los detalles”, dice la comisaria Martine d’ Astier, pero sí la destreza de tener cada composición en su cabeza. Lartigue no dudaba.

Pintor de profesión, la experta define sus cuadros abstractos como horribles. Que no el dibujo, decía. El fotógrafo era capaz de trazar las líneas de la realidad que iba a retratar minutos más tarde sin titubear. Su pulso no tembló ni en la senectud cuando ofreció a los 86 años la última de sus series que tituló “Mientras todavía me queda sombra” y que se puede observar en la muestra como el final de un cuento.

Contaba la comisaria que la persona que es feliz no necesita demostrarlo. De alguna forma, Lartigue se pasó su vida intentando decirle al mundo que lo era. Algo que no concuerda con el carácter triste con el que lo recuerda la Historia. Lo que está claro es que Jacques Henri tenía una gran necesidad interna que lograba saciar con fotografías y más fotografías y que esa necesidad no era más que la máxima que debe tener todo artista.

 

rapidez y claridad

La rapidez y el hecho de saber exactamente lo que quería, hizo que el autor juntase 135 álbumes de fotos y 5.000 aparatos estereoscópicos con los que poder ver su realidad en tres dimensiones. El Macuf ofrece la posibilidad de ver algunas de sus imágenes así.

Desde el comienzo de su trayectoria, Lartigue también se fotografió a si mismo. Lo hizo con pocos años en la bañera al lado de su hidrodeslizador y lo siguió haciendo en composiciones no muy claras. Como si fuera un personaje ficticio que hasta se puede ver sumergido en el agua. Sembró la duda en fotos que no se sabe si están hechas de día o de noche. O cuál de los dos vehículos que aparecen va más rápido. Para relajarse en encuadres perfectos. Y jugar con el movimiento. Quizás porque solía decir que cuando uno estaba cansado, lo mejor era moverse.

Además de la felicidad, Lartigue quiso atrapar las pequeñas cosas. Su legado pasa por ser también una lección divertida para los niños porque el fotógrafo transformó elementos insignificantes en extraordinarios. Estaba atento a todo lo cotidiano.

En las paredes del Macuf se puede leer “La vida es algo maravilloso que baila, salta, vuela, ríe y pasa”. La suya la congela a lo largo de los años. Para ponérsela en bandeja al espectador. Con una película y una biografía que vienen a completar su discurso y que confirman que, en realidad, Lartigue nunca dejó de hacer sus trampas de ángel. n

 

El hombre que quiso atrapar con sus ojos la felicidad de las pequeñas cosas