Un trabajo con gratificación de ida y vuelta en el ropero

QUINTANA. VOLUNTARIOS Y RECOGIDA DE ROPA EN PADRE RUBINOS
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Empezó el año y 15 trabajadores se instalaron en las antiguas dependencias de la entidad solidaria. Lo hicieron para convertirse en germen de una de las primeras empresas de carácter social de A Coruña, la creada en colaboración entre Padre Rubinos y el Ayuntamiento para dar servicio al ropero de la entidad al tiempo que se emplea a personas en riesgo de exclusión social y se genera un dinero de la venta de los residuos textiles para financiar las actividades que se realizan en el albergue de transeúntes. Con el paso de las semanas voluntarios, empleados del instituto benéfico social y recién contratados han ido haciendo piña en el interior de un fuerte amurallado con ropa y más ropa.  
Cuenta el presidente de la institución, Eduardo Aceña, que al concurso público para conseguir entrar por cuestiones de exclusión se presentaron “541 personas”, pero solo cinco pasaron el proceso selectivo. “Nuestro objetivo es que esto crezca, se consoliden esos puestos y se realicen nuevas contrataciones”, resume. 
Nunca se cansa de recordar que el dinero que ganan de aquellas prendas que no son reutilizables sirve tan solo para pagar los cinco salarios y financiar una parte de las atenciones que se dan a los indigentes o personas con dificultades económicas. Los que tampoco lo hacen son las personas que dan vida, de nuevo, al inmueble de Labañou. 
Aunque están más escondidas del público que si estuvieran en el ropero, su labor también es gratificante porque si ellos no estuvieran en un almacén en la sombra o por las calles recogiendo los donativos de los contenedores instalados por el Ayuntamiento nada existiría arriba (en la sede de Los Rosales). Sin ellos y sin la colaboración de los coruñeses no habría ropa con la que vestir a los más necesitados. 
En la sede de esta pequeña firma de economía social, cada uno también tiene su pequeña historia. “Para mí era complicado encontrar otro tipo de trabajo y mi asistente social me ayudó a entrar”, cuenta uno de los empleados, contento por esta oportunidad que logró “con un poco de suerte”. 
Un compañero tuvo una experiencia parecida y ahora presume de llevar a cabo una labor “gratificante” en un lugar “con mucho compañerismo” y donde el trabajo “se lleva muy bien”. Mientras unos salen con la furgoneta a recorrer los contenedores de Padre Rubinos distribuidos por los distintos barrios, otros clasifican la ropa por sexos, tipologías y tallajes para que lo que sirva se reparta de la mejor manera posible. 

pequeños consejos
La plantilla se anima a pedir a la gente que introduzca sus donativos dentro de bolsas porque las piezas sueltas ralentizan mucho el trabajo e impiden realizar toda la ruta fijada algunos días.
Conforme avanza la conversación, y mientras dobla, otro de los nuevos trabajadores recuerda. “Yo llegué a dormir en el albergue y estuve en el grupo de inserción a través del que volví a trabajar; estoy muy contento”, explica. 
También lo están las voluntarias –que se reparten en turnos de dos personas– desde aquellas que van allí como una salida a sus propias preocupaciones a las chicas de 18 años que demuestran que la juventud también está comprometida con la causa de entidades como esta. 
Bajo la coordinación de Blanca y Daniel todos están encantados y reciben con los brazos abiertos a los que pasan a entregar ropa, zapatos o menaje del hogar o algún mueble en persona. Poco a poco se van acumulando las bolsas a la entrada, como se acumula la solidaridad con unos coruñeses a los que la crisis no deja levantar el vuelo. Pero algunos son el propio ejemplo de que, al final, sí se puede.

Un trabajo con gratificación de ida y vuelta en el ropero