Capmany es un pueblo absolutamente rodeado de cenizas y bosques arrasados por el fuego que, aunque han respetado la gran mayoría de las casas, se ha llevado por delante alguna vivienda, como la de esta familia formada por un matrimonio, sus trillizos, su hija de un año y medio y los padres de la mujer.
"Estoy intentando asimilarlo, estoy entre la pesadilla y el sueño. No se qué pensar, las noches me las paso pensando en todo lo que tenía allí, lo que ya no tengo", ha explicado a Efe entre sollozos Lydia de la Rubia, natural de Mallorca y vecina de Capmany desde hace años.
Lydia recuerda con claridad como el día del incendio el cielo se volvió naranja: "nos asomamos a la azotea de casa y vimos que había fuego en Le Perthus, pero parecía lejos".
La familia hizo la última comida en su casa ese mismo domingo, día 22, después volvieron a mirar el incendio desde la azotea y vieron que las llamas estaban ya a pocos kilómetros y que el viento de tramuntana las avivaba y extendía rápidamente.
"Salí de casa con los niños y mi madre hacia el pueblo con lo puesto. Pensábamos que los bomberos lo apagarían, pero estaba totalmente descontrolado y con ese viento era imposible", ha rememorado Lydia.
Su padre y su marido se quedaron mojando toda la propiedad, una casa familiar situada en lo alto de Capmany, pero a los pocos minutos los bomberos evacuaron la zona de urgencia, ya que las llamas estaban a punto de arrasarlo todo, como finalmente ocurrió.
Los padres de Lydia regentan la "Casa Fraternal", una mezcla de cafetería y club social en el centro del pueblo, pero el local es del ayuntamiento. Ella no tiene trabajo y su marido sólo trabaja media jornada, según ha relatado.
"Lo he perdido todo, he salvado al perro y de milagro, toda la casa arrasada. Las fotos, los recuerdos, todo, la cuna, las cosas de los niños", ha recordado entristecida mientras explicaba que los trillizos se han ido a vivir unos días con su hermana, hasta que sepan cómo podrán organizarse.
Lydia de la Rubia se ha quedado en Capmany con sus padres y su hija de un año y medio "que está muy nerviosa y come poco". De momento se quedarán a vivir en una casa que tenían alquilada en el pueblo y que hace poco se quedó sin inquilinos, pero esa es una casa "totalmente vacía, sin muebles, sin ropa, sin nada".
De la Rubia ha agradecido el comportamiento de algunos de sus vecinos que ya les han dado colchones y ya les han pedido cuáles son sus tallas para poder darles ropa y salir del paso, mientras van viendo como a su alrededor todo ha sido arrasado.
Por Isabel Conde




















