Oleiros - Un verano que vale por dos años de vida

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programa de acogida niños de chernobyl

Santa Cruz fue el escenario de la reunión que mantuvieron las más de setenta familias que acogen durante los meses de verano a 77 niños que residen en el área afectada por el desastre nuclear de Chernobyl. Como señalan los padres “adoptivos” las anécdotas son casi tan innumerables al igual que los beneficios que la estancia en Galicia reporta a estos menores de entre 6 y 17 años.

Reportaje de m. rodríguez

Cada verano que vienen se les alarga la vida dos años”, explica Susana Quintáns, cuya familia lleva dos años acogiendo a una niña procedente de Ucrania, de una región que todavía está afectada por el desastre nuclear de Chernobyl.
La pequeña acude por segunda vez a la misma casa y continuará así hasta que cumpla los 17 años. Como ella, otros 76 niños que participan en el programa de Ledicia Cativa conviven de la misma manera con más de setenta familias de toda Galicia que ayer se reunieron en As Torres de Santa Cruz.
“Al principio es complicado, pero a la semana están integrados perfectamente. Con mis hijos ya hace pandilla”, señala Quintáns. Junto a ella está Susana Álvarez, que también tiene en su casa a una niña de la localidad de Novoybkov. “En mi caso, como no tengo hijos, ella es la reina”, afirma.
Mientras comentan algunas anécdotas de su convivencia diaria, una de las niñas rusas se acerca y saluda en castellano. “Enseguida lo entienden y en agosto ya lo hablan. El segundo año hablan español sin problemas”, enfatiza Álvarez que explica que la estancia en Galicia supone un “ciclo de descontaminación” para los niños, y de ahí la importancia de este programa.
En su localidad natal no pueden comer “productos básicos como la leche o las verduras, porque están contaminados”, explican. Por ello, un verano en estas latitudes permite a los menores una mejoría en su salud que se traduce en dos o tres centímetros más de altura y tres o cuatro kilos más de peso. Todo ello bajo supervisión médica.  

Contacto > Como reconocen los padres, una vez que los pequeños regresan a sus hogares, intentan mantener el contacto durante todo el año. “La mía ya sabe que el domingo a las cinco de la tarde la llamamos”, señala Álvarez. Un contacto que retoman físicamente al verano siguiente.  
“Los niños se españolizan para lo bueno y para lo malo”, reconoce en tono jocoso Quintáns que recuerda que el primer año, al principio de la estancia veraniega, “íbamos al parque y si decía a las seis de la tarde: ¡vámonos!, frenaba el columpio en seco y venía. Al final, hacía como mis hijos y preguntaba por qué”.
Los padres de acogida señalan que los niños aprenden “otro tipo de vida”, al tiempo que enriquece a las familias gallegas que adoptan un “compromiso muy grande”, afirman, porque, salvo causa de fuerza mayor, los niños acudirán durante años a sus casas.


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