Descubriendo una ciudad en el mar

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crónica de carolina regueira

ruta por el cantábrico msc ópera

El domingo a la una y media de la tarde un grupo de periodistas embarcaron en Bilbao en un trasatlántico rumbo a A Coruña. Se trataba del “MSC Ópera” y el objetivo era conocer la que será una nueva oferta de ocio para los gallegos este verano. Así, a través de entrevistas con la tripulación más destacada y conversaciones informales con los empleados más rasos se fue descubriendo el funcionamiento interno de una nave de estas dimensiones. Aún sin ser uno de los buques más grandes –la compañía dispone de algunos con capacidad para 4.000 pasajeros– este crucero consume 200 toneladas de combustible al día y se convierte en el mayor gasto seguido de los salarios de la tripulación.


De optimizarlo se encarga la máxima autoridad del barco, el capitán. Como exige la empresa MSC, Raffael Ponti es de origen italiano, más concretamente de Sorrento, en donde existe una gran tradición en este oficio y una escuela que lo hace perdurar. Prueba de ello es que dos hermanos de Ponti son también capitanes de crucero. El comandante, que empezó dirigiendo buques portacontenedores y cuenta con 25 años de experiencia, explica el funcionamiento técnico del barco. “Aunque ya hayas visitado un puerto, no siempre es igual”, aclara, y es que varían los factores externos como la climatología y el tráfico portuario.
Precisamente para maniobrar con mayor facilidad, estos barcos disponen de un sistema de hélices con un giro de 360 grados que les permiten desplazarse lateralmente. Con solo un margen de 30 metros, la nave puede funcionar de forma autónoma sin necesidad de prácticos, para evitar el pago de este servicio.
Justo cuando Ponti explica que no dispone de días libres durante su estancia en el crucero se ve obligado a abandonar la conversación para proceder a sacar el trasatlántico de Bilbao a la hora prevista, las cinco de la tarde. Es entonces cuando la mayoría de huéspedes suben a cubierta para ver el paisaje que durante parte del camino se podrá observar por babor –izquierda–.
El director de hotel, Gianfranco Sampiero, se encarga de describir cómo se maneja esta gran ciudad con restaurantes, salas de fiestas, hospital y hasta una imprenta para el diario de a bordo, y en la que se han retrasado 30 minutos los horarios por el número de pasajeros españoles. A sus órdenes están 604 tripulantes.
El mejor momento de Sampiero es a las 6.30 de la mañana, cuando ya en su despacho disfruta de un momento tranquilo antes de que comiencen los desplazamientos en masa. Y es que en un crucero, aún con varios turnos, casi todas las personas se mueven a la vez y es necesario atender a miles de clientes a un tiempo. En este sentido, Sampiero lo tiene claro: “Los españoles son de los mejores pasajeros porque disfrutan del crucero”.
Pero el trabajo más visible puede ser el de la animación. El equipo de 68 personas que dirige Alessandro Mollinari –que logró ser jefe en solo seis años al reducir sus estancias en tierra y gracias a sus seis idiomas– es el primero y el último que ve el cliente. Sus empleados incluso bajan a tierra para recibir, disfrazados, a los nuevos pasajeros.
Los “shows” de música y danza se preparan meses antes en tierra, pero las actividades y fiestas se programan al día, en función del tiempo y el carácter del cliente. “Nunca un día es igual que otro”, dice Mollinari, mientras, fiel a su puesto, mantiene una sonrisa para contagiarla al viajero

 

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