“Es como si se lo contara a alguien que no está aquí. Como un arqueólogo”

Copia de El Ideal Gallego-2015-11-20-012-21b91251
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El poder que tienen las personas y, en concreto, el de su nieto fue la razón por la que Juan Cruz se puso a escribir el libro más difícil de todos. “El niño descalzo” es la risa de Óliver, la de su hija y la de su madre y las tres son la suya porque el que ahora camina descalzo y que antes fue Juanillo, fue el comienzo que le hace hilar con su infancia canaria. 
Su pasado rebrota en el presente, en un momento donde el mundo debe rectificar: “Ya hemos llegado al fin porque los teléfonos no comunican, pero comunican falsedades”. Juan Cruz lleva cuatro días con los dos pies fuera del twitter y de facebook “porque se pegan más palos que palabras” y “pierdes mucho tiempo de leer y pensar cosas”. Además, se confiesa adictivo a tonterías y “uno está dominado por cosas que no son interesantes”. 
Porque a la sociedad le toca serenarse, Cruz la pondría a leer Unamuno y a Ángel González para que después no se escucharan declaraciones como la del ministro hablando de que las universidades están sobresaturadas: “¿Qué hay de malo en eso? Es como decir que hay demasiados médicos. Los bachilleratos se han ido desnutriendo de escritura y lectura y lo que nos ayuda a creer en las cosas es el orden de las palabras, la sintaxis”. 
En su sintaxis, la que vino a presentar ayer al MAC en “A libro abierto” envuelta entre tapas por Alfaguara, el autor cuenta que estuvo esperando por la primera risa de Óliver porque son las cosas que hacen “cambiarte el sentido de vivir” como la risa que te puede dedicar una persona enferma. Reír es, para el periodista, la mitad de una conversación y la vida es conversación, aunque se haya “adulterado por cosas a las que llaman conversación”. Reír, en definitiva, entra dentro de esas pequeñas cosas que ya no entran en el bolso ni en el iPhone porque “se ha agrandado el olvido de la vida cotidiana”. 
Cruz no se puede desvincular de lo que pasa en este “tiempo de la ira”, le llama, donde “han acabado con la filosofía”. Todo eso se lo quiere hacer ver a su nieto. Por eso, lo describe con detalle. Lo que ve y también lo que oye y siente.
Después de “El niño de las siete (las seis en Canarias)”, un cuento sobre las primeras palabras de Óliver, llega “El niño descalzo”, donde se da cuenta de que las cosas se prolongan y le advierte de las que pasan en este momento y “me preocupan no como abuelo, sino como ciudadano. En realidad me las digo a mí mismo. Es como una carta”. 
Cruz insiste en que le costó escribirlo: “Es un libro muy serio. No es cualquier libro. Lo corregí mucho y se lo pasé a un editor. Le quité un montón de cosas” y al final “es como si se lo contara a alguien que no está aquí, como un arqueólogo”. De ahí que el relato sea mar, silencio y risa. Es vida, “hermosa e incomprensible” y curiosidad. La de un niño grande que no se resigna a seguir preguntando y recolectando historias. 
Dice en la novela que estas se esconden detrás de un silencio como el suyo y que Óliver fue capaz de romper sin saberlo. Para él, “la literatura existe para expresar porque algo incompresible como la vida es bella, en todas sus variantes”. Y para compartir con los demás una imagen en la que su madre canta y llora a la vez. 
Cosas así son las que le empujaron a regalar la carta más personal de todas. Reconfortante, igual que cuando concentra en un minuto un trozo de realidad por la radio.

“Es como si se lo contara a alguien que no está aquí. Como un arqueólogo”