• Martes, 13 de Noviembre de 2018

Una laicidad abierta

el evento no es que sea de muy última hora, pero ha vuelto a revivir estos días

el evento no es que sea de muy última hora, pero ha vuelto a revivir estos días a la vista del debate aquí iniciado y que Pedro Sánchez, Gobierno y partido no tardarán en plantear más abiertamente.
Me refiero al discurso que el pasado mes de abril y a invitación de la Conferencia de Obispos de Francia pronunció el presidente Macron en el marco “tan particular y bello” del Colegio de los Bernardinos, de París. Un discurso que replanteó el carácter laico de la República y que levantó no poco revuelo en el país vecino al abogar por una laicidad abierta, superadora del laicismo.
En cierto modo –se recuerda– el entonces presidente Jacques Chirac abrió el debate con la creación de la Comisión Stasi (2003) y la consiguiente prohibición de símbolos religiosos en espacios públicos. Cuatro años más tarde, en su toma de posesión simbólica como canónigo de honor de la basílica romana de Letrán Sarkozy trató de templarlo con su célebre propuesta de una “laicidad positiva”.
Ahora Macron –que dentro de unos días verá en Madrid a Pedro Sánchez– reafirma, como no podía ser de otra forma, el principio de separación y distinción de poderes: Estado e Iglesia pertenecen a dos órdenes institucionales diferentes; no ejercen su mandato en el mismo plano. No obstante, a su juicio, una Iglesia que pretendiera desinteresarse de los asuntos temporales no cumpliría su misión, al tiempo que un presidente de la República que pretendiera desinteresarse de la Iglesia y de los católicos faltaría a su deber.
De ahí que resaltara la necesidad de buenas relaciones y cooperación. “Sin duda –dijo– compartimos el sentimiento de que el vínculo entre la Iglesia y el Estado se ha deteriorado y que nos interesa repararlo tanto a ustedes como a mí. Y para ello no hay otro medio que el diálogo”.
Precisando un poco más, añadió que “la laicidad ciertamente no tiene la función de negar lo espiritual en nombre de lo temporal ni de desarraigar de nuestras sociedades la parte sagrada que nutre a tantos de nuestros conciudadanos”. “Soy como jefe de Estado –siguió diciendo– el garante de la libertad de creer o no creer, pero no soy ni el inventor ni el promotor de una religión de Estado que sustituya la trascendencia divina por un credo republicano”.
Pareció lógico que como invitado que había sido por los obispos, evocase la savia cristiana de Francia a lo largo de la Historia. Y en este sentido llamó la atención la convocatoria que hizo a un “compromiso político profundo” de los católicos a favor de “nuestro país y nuestra Europa”.
Repetidos fueron los cumplidos y reconocimientos hacia este colectivo. Y así fue hasta el punto de que algún observador se preguntó después si Macron no habría querido aprovechar el momento para atraerse el voto católico, seducido como está en parte por otras opciones políticas.