Miércoles 21.11.2018

Migrantes y refugiados

Medio siglo se cumple de aquel 1 de enero de 1968 en que el hoy beato Pablo VI propuso celebrar en el amanecer de cada año nuevo la Jornada Mundial de la Paz. La convocatoria iba dirigida no solo al mundo católico, sino también a todos los hombres de buena voluntad; a “todos los amigos de la paz para que ésta sea, con su justo y benéfico equilibrio, la que domine el desarrollo de la Historia futura”.
Y así desde entonces él mismo y sus sucesores han ido dando cumplimiento a la propuesta con una serie de mensajes anuales que, bajo un lema determinado, han desarrollado toda una catequesis religiosa y cívica sobre los grandes principios que hacen posible la paz y los problemas sociales que tiene en la ausencia de la misma su raíz y en ella también la alternativa.
El mensaje para la Jornada de este 2018 que entra fue firmado por el papa Francisco en la festividad de la religiosa ítalo norteamericana Francisca Javier Cabrini (1850-1917), patrona de los migrantes. Y a ellos está dedicada. “Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz” es su lema.
Se trata de un colectivo de 250 millones de personas de los que 22,5 son refugiados; una realidad que constituye una de las atenciones primordiales del Pontificado actual y un problema que tantas distorsiones está creando en el mundo de hoy; especialmente en los países prósperos que se resisten a practicar la solidaridad bien por el coste de la acogida de los que llegan, bien por supuestos riesgos para la seguridad nacional, bien por ambas cosas a la vez.
Observando, sin embargo, a migrantes y refugiados con mirada contemplativa –hace notar el papa–, ésta sabe descubrir que no llegan con las manos vacías, sino que traen consigo la riqueza de su valentía, su capacidad, sus energías y sus aspiraciones y, por supuesto, los tesoros de su propia cultura que enriquecen así la vida de las naciones de acogida.
El papa Francisco traza finalmente una estrategia que conjuga cuatro acciones para que solicitantes de asilo, refugiados, inmigrantes y víctimas de la trata de seres humanos encuentren la paz que buscan; acoger, proteger, promover e integrar.
Acoger –dice– recuerda la exigencias de ampliar las posibilidades de entrada legal y de no expulsión a lugares donde los espera la persecución y la violencia. Proteger recuerda el deber de reconocer y garantizar la dignidad inviolable de los que huyen de un peligro real, evitando su explotación.
Por su parte, promover tiene que ver con apoyar el desarrollo integral de los migrantes y refugiados, con atención especial al acceso de niños y jóvenes a todos los niveles de educación. E integrar significa trabajar para que refugiados y migrantes participen plenamente en la vida de la sociedad que los acoge, en una dinámica de reconocimiento mutuo y de colaboración fecunda.

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