• Martes, 25 de Septiembre de 2018

El pato cojo

Heredada de la cultura política norteamericana

Heredada de la cultura política norteamericana, ha llegado también a nuestras latitudes la figura del pato cojo; es decir, la situación en que se encuentran presidentes y altos cargos en ejercicio que se hallan en la última fase de su mandato o representación y que saben que no volverán a ser reelegidos bien por precepto legal, bien por voluntad propia, bien por haber perdido una eventual reelección.
Ante la perspectiva de quedarse pronto desactivados, van perdiendo una cierta autoridad moral y en casos extremos ya no pueden seguir el ritmo de la bandada, que está a otra cosa. De ahí la imagen del pato cojo.
Y aunque en política no se debe decir nunca aquello de que “de esta agua no beberé”, no sé si nuestro presidente Feijoo no habrá empezado a encontrarse en situación semejante a la vista de que su archirrepetido compromiso con Galicia termina en 2020; esto es, cuando concluya la actual legislatura autonómica.
Si este ha sido el gran argumento con que ha justificado su renuncia a la presidencia nacional del PP, es de suponer que en aras de la coherencia predicada no optará aquí a un cuarto mandato y que, por tanto, ha iniciado ya la cuesta abajo política.
No creo equivocarme mucho si digo que esta su decisión de quedarse en San Caetano hasta dentro de un par de años ha decepcionado un tanto. Y no porque el militante y votante de a pie quisiera quitárselo de en medio, sino porque en la carrera democrática abierta para suceder a Mariano Rajoy en Génova aparecía como el aspirante mejor colocado: el que podía aunar mayores consensos internos y, muy especialmente, quien podría recuperar a nivel nacional mayor espacio electoral.
Bien es cierto que él nunca había manifestado su deseo de, como se dice, irse a Madrid. Nadie le podrá acusar, pues, de incoherencia o contradicción. Pero se había dejado querer. Había venido cuidado muy mucho su imagen en la capital de España y ahora muchos se preguntan para qué ha servido. Si ya le costó en su momento presentarse aquí al tercer mandato, no era fácil que se lanzara al ruedo madrileño.
Razones personales y políticas que nada tienen que ver con la invocada ante la opinión pública, no le habrán faltado. De un tiempo a esta parte le han cambiado sus circunstancias familiares y puede que para el próximo futuro tenga de alguna manera ya comprometida alguna sustanciosa salida profesional.
Pero también habrá pesado y mucho la falta de garantías de éxito. A un eventual fracaso se podrá arriesgar un diputado. Pero es raro que se aventure a alguien que ejerce el poder. Con todo, la excesiva parafernalia del acto en que anunció su decisión y el pueril argumento manejado –su compromiso con Galicia hasta 2020– no han sido precisamente de lo más feliz.