• Miércoles, 25 de Abril de 2018

Es la educación, estúpido

El asesinato –llamar a las cosas por su nombre es empezar

El asesinato –llamar a las cosas por su nombre es empezar a comprender la magnitud del problema–, de 48 mujeres el año pasado –más de 800 desde que empezaron a contabilizarse–, debería alarmar no solo a los representantes políticos, judiciales y policiales, debería alarmar a todos los ciudadanos, porque todos estamos expuestos a que una hija, una hermana, una vecina, una amiga, usted misma, esté sufriendo violencia doméstica mientras lee este artículo. Noticias que nos parten el corazón por tratarse del peor de los terrorismos. El que se lleva a cabo entre personas que dicen amarte, con las que has tenido hijos o con las que has mantenido una relación sentimental.
Sorprende que pese a las medidas adoptadas tanto en nuestro país como en los de nuestro entorno, así como en organismos internacionales, el goteo de asesinatos no solo no disminuya sino que aumente. La razones las recoge el convenio de Estambul, que reconoce que la violencia contra la mujer es una manifestación de desequilibrio histórico, llevada a cabo por la discriminación de la que ha sido objeto a lo largo de los siglos.
Un problema que no se resolverá mientras la sociedad no tome conciencia de la gravedad del asunto. Mientras los partidos no se pongan de acuerdo en aprobar leyes educativas en las que sea prioritaria la educación de igualdad de género, que deberían impartirse desde la más tierna infancia hasta que terminen los estudios. También programas que enseñen a las familias a detectar actitudes que favorecen el maltrato y la violencia doméstica.Todo eso llevaría su tiempo, y los resultados tardarían en hacerse sentir, pero mientras cala la educación igualitaria, algo más podríamos hacer para que personas sensatas, padres de familia, no sigan apoyando de palabra o de obra a esos individuos que fuerzan a las chicas a mantener relaciones, sentimentales o sexuales sin su consentimiento, a quienes yo preguntaría si en el caso de que la damnificada fuera su hija, seguirían pensando que estos vándalos son tan buenos chicos como les describen cuando les preguntan las televisiones.
Quienes crecimos en plena dictadura y educados durante la Transición, pensábamos que con los logros obtenidos las generaciones venideras serían diferentes, y nos mirarían a las mujeres con otros ojos. No ha sido así. El fracaso se debe a que no se ha insistido lo suficiente en educar a los chicos y a los chicas en el respeto, en la igualdad de género. Y no lo ha sido porque ser mujer todavía penaliza.
Penaliza porque ganan menos desempeñando los mismos trabajos, porque el paro es mayor, porque la belleza sigue siendo un bien preciado en detrimento de la inteligencia y porque se ha demonizado a quienes luchaban por cambiar la sociedad. En este caso a las feministas, a las que una parte de los ciudadanos no ha dudado en presentarlas como mujeres resentidas, feas, marimachos. Reconforta ver que tras las denuncias por acoso o por violación como la llevada a cabo por los miembros de la Manada, las jóvenes se han movilizado saliendo a la calle en protesta por lo que consideran un crimen. Ojalá que el nuevo año nos traiga más solidaridad con las víctimas, con sus hijos, con sus familias, a las que con demasiada frecuencia olvidamos.