• Viernes, 21 de Septiembre de 2018

Rodrigo, Javier, José Antonio: in memoriam

No, no es cierto que el tiempo lo cure todo. Hay heridas tan profundas que cicatrizan con dolorosa lentitud y dejan muescas en el corazón de las que el olvido jamás nos rescata. Ayer volvimos a la Coraza del Orzán.

No, no es cierto que el tiempo lo cure todo. Hay heridas tan profundas que cicatrizan con dolorosa lentitud y dejan muescas en el corazón de las que el olvido jamás nos rescata. Ayer volvimos a la Coraza del Orzán. Seis años después de que el mar se llevase cuatro vidas. Cada año se reproduce en la garganta aquel nudo de una madrugada de enero que estremeció a toda la ciudad.
Hemos vuelto a abrazar a los familiares de Rodrigo Maseda Lozano, de Javier López López y a los familiares de José Antonio Villamor Vázquez. Desde aquel día y mientras nos asista la memoria, los tres héroes del Orzán. También hemos tenido un recuerdo para Tomas Velicky y para su familia.
A Coruña es una ciudad curtida en tragedias. El mar, que esculpe una ciudad bella, acogedora, atlántica y faro de Europa, no perdona. De cuando en vez se rebela y nos pasa facturas complicadas de asumir. No es consuelo. Mucho menos para padres, esposas, y familiares más estrechos de los agentes Rodrigo, Javier y José Antonio. 
El acto de ayer nos retrotrajo a aquellos días de angustia. Nos devolvió al largo anochecer que nos sorprendió en la estación de San Cristóbal esperando un tren que nunca llegó. Nos volvió a noquear recordando aquel San Juan que se llevó las vidas de dos jóvenes con unas horas de diferencia. Nos azotó con el recuerdo del capitán de helicóptero Daniel Pena, coruñés también caído en acto de servicio cuyo recuerdo permanece en forma de placa de homenaje al pie de la Torre.
Lo dicho. Los coruñeses tropezamos, nos caemos y en muchas ocasiones, demasiadas, quizá, nos hacemos daño. Pero hemos demostrado, cada vez que tenemos oportunidad, que sabemos levantarnos. Que aunque el precio sea excesivo, aprendemos de los reveses que nos reserva la vida. Y que eso nos hace fuertes.
Somos solidarios. Diría que a eso nadie nos gana. Por eso cuando la ocasión lo requiere tenemos un abrazo y una palabra de ánimo para los desheredados de la fortuna. Para aquellos a los que el destino les ha negado una caricia. 
Tenemos la emoción a flor de piel y se nos eriza el vello cada vez que el salitre recorre nuestras calles. Es un sentimiento que no entiende de siglas, ni de bandos. No atiende a más principio que el de una sociedad ansiosa por avanzar y agradecida a sus servidores.
Hoy me apetecía hacer un alto y saborear el orgullo de compartir esa emoción de la identidad coruñesa. Con más puntos de encuentro que de desencuentro. Con diferencias que nos enriquecen porque nos conducen al mismo lugar. Mañana será otro día. Pero hoy quería escribirle a Rodrigo, a Javier y a José Antonio. 
He buscado en el cajón de las palabras y solo he encontrado una: gracias.