Miércoles 22.05.2019

El coraje de nuestro comercio

El nivel de desencanto y la decepción que ha causado Xulio Ferreiro en los tres años y medio de su mandato no ha dejado de crecer desde el primer día. En Coruña la Marea lleva tres años trabajando solo para unos pocos. Por eso, son muchos los que se sienten decepcionados, tanto a nivel individual como colectivo. 
El pequeño comercio es uno de los grandes damnificados por la inacción. Miles de coruñeses afrontan a diario el desafío de levantar las persianas de sus negocios, frente a la desidia y el abandono de quien gobierna. Las asociaciones de comerciantes llevan tres años y medio de lamento. Atrás quedó la etapa en que las ayudas llegaron a alcanzar los 245.000 euros anuales a través de convenios.
Llegó Ferreiro y mandó a parar. Las ayudas se redujeron a la mitad, se conceden tarde, se pagan aún más tarde. A eso, se suma que en plena era digital el proceso de justificación es tan complejo y farragoso que ya se han dado casos de quienes han preferido renunciar. En ese imaginario teórico en el que se mueven los populismos —y en particular, el coruñés— habitan supuestos planes de dinamización que luego corren la misma suerte que el resto de inversiones: se ejecutan en un porcentaje que raya en lo ridículo.
Dentro de este colectivo de los comerciantes merecen un análisis aparte los mercados municipales. Las nueve plazas de abastos de titularidad pública que pelean con suerte dispar por sobrevivir. Por tradición, por trato y, sobre todo, por calidad deberían recibir un trato privilegiado. Hay algunos que, directamente, agonizan. El paradigma de todos ellos es el mercado de Santa Lucía. Tres son los puestos supervivientes: una carnicería, una frutería y una pescadería. Y nada más: un edificio que se cae a pedazos, un montacargas que desde hace meses ni monta ni carga y un buen puñado de clientes que se resisten a abandonar. ¡Quién diría que hay presupuesto para arreglarlo!! Pues lo hay, pero el Gobierno de María Pita prefiere dejarlo en el cajón. 
Otro tanto sucede en Monte Alto, con cuatro millones esperando por la licitación para permitirse lujos tales como acabar con las filtraciones. O  en Adormideras, con un presupuesto de 1,4 millones también congelado. San Agustín se quedó con la miel en los labios y pierde a marchas forzadas su personalidad. Las Conchiñas, Elviña, Ramón Cabanillas, Palavea… Historias de decadencia y abandono en las que las placeras y placeros están sobradamente curtidos.
Nuestro abrazo y nuestra admiración a todos ellos. Nuestro aliento a los casi 21.000 comerciantes, hosteleros y transportistas que mantienen su heroico tesón en una ciudad con un Gobierno hostil. Esperemos que pronto lleguen tiempos mejores para ellos y para muchos otros colectivos.  
 

El coraje de nuestro comercio
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