viernes 18.10.2019

La España del Sr. Potter

Ahora que andan los partidos con el patriotismo subido, no estaría de más que alguno reparara en que ésta nación de cuyo nombre, España, abusan en sus soflamas como si les perteneciera a cada uno de ellos en exclusiva, se va pareciendo cada día más, aceleradamente, a la España del Sr. Potter, aquél tipejo podrido de dinero, o sea, podrido, que habría convertido Bedford Falls en un garito inhabitable en “¡Qué bello es vivir!” si el personaje que encarnaba James Stewart no hubiera nacido.

Lo que el magnífico guión de aquella película evitaba para convertirla en hermosa parábola de Navidad, se va materializando hoy en las calles de los barrios obreros de las ciudades españolas merced a la violenta profusión de casinos y casas de juego y de apuestas. El domingo, miles de ciudadanos se manifestaron contra esa lacra que abduce a la juventud en la madrileña calle de Bravo Murillo, que se ha convertido, con sus decenas de establecimientos de apuestas, en algo así como la avenida principal de Pottersville.

Pero esos locales de lujoso diseño en barrios deprimidos no son sino la banca física de esa otra que penetra on-line y por televisión en las almas inmaduras con campañas agresivas y bonos de bienvenida a la adicción. En ellos, los jóvenes buscan que se fije en ellos la Rueda de la Fortuna, entendiendo ésta como la grosera riqueza material que divinizan desde la precariedad de sus vidas. Y un sentido para éstas, siquiera el muy cutre que puede proporcionar la devoración por las apuestas. Tampoco hay otras cosas de más aire, no tóxicas, para adolescentes y jóvenes en esos barrios dejados de la mano de dios y de los hombres, ni oferta cultural, ni convivencial, ni deportiva, ni de entretenimiento siquiera.

Los vecinos que ven sus barrios arrasados por esa nueva plaga y los padres que temen la caída de sus hijos en las simas de la ludopatía, se manifestaron el domingo en Bravo Murillo para pedir desde el trozo de España que les ha tocado, que España no se convierta definitivamente en Pottersville, como si tantos españoles que lucharon por la libertad, por la democracia, por la decencia cívica y por el progreso social no hubieran nacido. Buscan esos vecinos y esos padres en los programas electorales de los partidos, y no encuentran nada relativo a esa epidemia que tanto aleja la belleza de vivir.

La España del Sr. Potter
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