sábado 07.12.2019

La cumbre y el belén

Lo único escandaloso o feo del Belén municipal de la plaza de San Jaume de Barcelona es los 97.000 euros que, al parecer, ha costado. A Paula Bosch, su autora, le habrán venido de perlas, pues la vida del artista es muy precaria y muy dura, pero en un mundo más sensato, más habitable, más justo, los artistas vivirían mejor y los belenes municipales costarían menos.

Por lo demás, el Nacimiento de Paula Bosch es encantador, aunque melancólico. En realidad, todo Belén arrastra la melancolía de lo que se olvida y se arrumba en el trastero o en el desván durante casi todo el tiempo, y ya en esa circunstancia se percibe la potente carga de tradición de ese diorama en el que algunos, poco instruidos en los arcanos de la melancolía y de la tradición, sólo ven un montón de cajas apiladas con cosas dentro. No, el Belén de San Jaume, que es una instalación artística como todos los belenes, bien que la mayoría de los domésticos del género naif, es un Belén tradicional y con sus licencias igualmente tradicionales.

En Belén, ni en el año 0 ni ahora, no había río ninguno (ni molino de agua, ni lavanderas arrodilladas en sus márgenes), ni prados de musgo, ni cumbres nevadas, ni castillo medieval de Herodes, ni nubes de algodón. Si todo ese heteróclito y fantástico mundo cabe en el Belén de toda la vida, ¿por qué el de Paula Bosch habría de ser distinto? No lo es; es un Belén maravilloso como casi todos los belenes, si es que no los ciñen y constriñen con el fajín o sudario de ninguna bandera. El de Bosch es tradicional, melancólico, bello y, encima, concita lo que hoy apenas concita ningún otro Belén callejero, la atención de los transeúntes. Los belenes son dioramas de un mundo soñado que sólo en ellos es todavía real: arroyos de agua clara, noches serenas y estrelladas, mulas, bueyes, ángeles, pastores, hilanderas, tahonas de pan recién horneado, gorrinos, ánades y conejos, aire puro. Todo eso está en los belenes, también en el más urbano de Bosch, pero no está en el mundo, en la Tierra que pasa de belenes y se empacha con el detritus de los blacks fridays y las siniestras cataratas de luces leds.

Habrá que ver qué sale de la Cumbre del Clima de Chile en Madrid, pero ni en el mejor de los casos nada parecido a la reconquista o resucitación, porque es demasiado tarde, de un Planeta que torne a inspirar la fantasía ecológica, sencilla y bella de un belén.

La cumbre y el belén
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