domingo 25.08.2019

El carné de Puigdemont

Al Documento Nacional de Identidad de Carles Puigdemont le queda aún un año de vigencia, pero un año, cuando se va teniendo una edad, pasa muy rápido. Es verdad que en un año pueden pasar muchas cosas, como, sin ir más lejos, van a pasar en el presente en relación al futuro del propio Puigdemont y de los que con él dirigieron la intentona secesionista en Cataluña, pero tal vez se equivoquen los que supongan que un asunto tan baladí como el de la renovación del carné de identidad no puede, al lado de los hechos trascendentes que se derivarán del juicio al “procés”, preocupar ni poco ni mucho al expresidente de la Generalitat.
Acaso se equivoquen los que tal cosa supongan porque el inquilino del palacete de Waterloo es un hombre muy afecto a la cosa de los carnets, y no solo porque gracias a uno de ellos, su DNI español, puede moverse por Europa y acreditar su identidad en cuanta gestión o trámite se le requiera, sino porque desde joven ha sentido una atracción tan singular por ese tipo de documento que llegó a fabricarse o agenciarse un DNI catalán. Lo contó él mismo en la presentación de su libro “Cata... qué?”, así como sus trucos para que colara en las recepciones de los hoteles cuando viajaba por Europa sin los guardaespaldas y los cortesanos de hoy: esperaba a registrarse de noche, cuando, según él, los recepcionistas solían ser “inmigrantes” que no sabían ni papa, para hacer funcionar, tan ufano, su DNI catalán.
Sabedores probablemente de ese gusto de Puigdemont por los carnés, los creadores de Tabarnia le dedicaron el primer DNI tabarnés, que también podría colar entre los inocentes y somnolientos “inmigrantes” del turno de noche en los hoteles de Europa. Si lo conserva, porque es casi seguro que hizo una copia en color del mismo ya que hablaba de él, podría tener resuelto el enojoso asunto de la renovación de su DNI español, pues el tabarnés tiene una vigencia de cinco años y no caduca hasta julio del 2023.
Sea como fuere, a Puigdemont no se le echará el guante porque vaya a un consulado o a una embajada española a renovar la tarjeta que, hasta ahora, le ha permitido rular y presentarse a elecciones. No es tan tonto, o no, cuando menos, de esa manera. Y, encima, siempre le quedará el DNI catalán con el que engañaba a los inmigrantes, y el tabarnés, que era bastante chulo por cierto.

El carné de Puigdemont
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