josé romero p. seguín

Si la humanidad se rigiese en la atención de sus miembros y solución de sus asuntos por la lógica prelación que su naturaleza demanda, lo de Cristina Cifuentes frente a lo que está ocurriendo en Siria sería algo de fondo de armario, sin embargo, en la bien vestida Europa es nuestra cotidiana tragedia.
Y como lo es, diré que siendo la política una fuente constante de conflictos y los políticos sus artífices, de vez en cuando se revelan en el reverso de lo ético como la solución o cuando menos la visualización de una perversión del sistema.
Y ahí entra nuestra heroína en acción, capaz de reventar por sí sola o en compañía de otros, más bien lo segundo, un sistema de formación de dudoso carácter educativo.
Enfocado a rentabilizar o hacer rentables determinados centros de formación y sujetos formativos a través de una serie de cursos para gente con recursos y en el seno de una sociedad funcionarial en el estricto sentido de la palabra, es decir, la que se devora a sí misma en tareas de gestión y no de producción.
Una sociedad donde se crea la necesidad y se resuelve por la misma vía, yo te exijo un título para escalar puestos en tu oficio y yo te lo facilito a través de un determinado precio.
Práctica que se ha extendido, al común del alumnado universitario, en un salto que no es sino un intolerable asalto a sus mermadas economías, pero volvamos a Cifuentes que solo lo quería para adornar currículo.