• Jueves, 20 de Septiembre de 2018

Recuerdo y anticipo en mi memoria la imagen de esta sociedad enfrentada al Estado, en el cotidiano gesto de pedir, exigir, reivindicar, rogar... Cuando no, al filo de la intimidación o la extorsión.

Recuerdo y anticipo en mi memoria la imagen de esta sociedad enfrentada al Estado, en el cotidiano gesto de pedir, exigir, reivindicar, rogar... Cuando no, al filo de la intimidación o la extorsión. Como si esta alta institución fuese el enemigo a batir y no ese lugar donde se concreta su común voluntad social. 
Un pueblo que si de verdad ama y defiende ese sistema y aspira a ser un estado democrático y de derecho, no debería abusar de esa inercia conflictiva con ese órgano institucional en la medida de que con ello está forzando lo que debería ser y nacer natural de su propia esencia y de la del sistema. Y es que no es sana esta propensión a forzarse en la solidaridad a obligarse en la consecución de lo justo. 
Solo cabe pensar que esa debilidad nace de una voluntad entregada a la picaresca. O a la fallida constitución del estado, sumado a la propensión de sus políticos a hacer de todo acto de gobierno una oportunidad política de especular con la negación y la concesión para un fin que solo a ellos beneficia, dándoles la oportunidad a unos de mostrarse, sin fundamento de razón, firmes y magnánimos en el gobierno, y a los otros dadivosos en la tarea de la oposición. En ese juego, el relevo de poder que en nada beneficia al pueblo y solo crea tensión entre territorios, colectivos e individuos.
Lo justo no debe ser motivo de debate en la medida en que esa resistencia compromete la justa y sana naturaleza del sistema.